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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Cinco minutitos más

Una historia de amor y oscuridad
Amos Oz
Capítulo 28

Me sentía tentada desde hace tiempo a escribir esta entrada, pero luego siempre se me olvidaba.
Este libro lo leí casi por completo en los pasillos de la facultad mientras esperaba a que llegaran los pocos compañeros que se molestaban en madrugar tanto como yo y este pasaje va precisamente de eso, de madrugar, de recordar esa sensación de no querer levantarte de la cama cuando aún es de noche.

[...]
Mi padre se levantaba siempre muy temprano, una hora u hora y media antes que mi madre y que yo: a las cinco y media de la mañana estaba ya frente al espejo del cuarto de baño, removiendo y espesando con una brocha la nieve que tenía en las mejillas, afeitándose y cantando en voz baja canciones patrióticas con unos gorgoritos que ponían los pelos de punta. Después de afeitarse se tomaba un vaso de té en la cocina y leía el periódico. En la temporada de los cítricos, cada mañana exprimía unas naranjas con un pequeño exprimidor manual y nos llevaba a mi madre y a mí un zumo de naranja a la cama. Y, como la temporada de los cítricos cae en invierno y en aquella época se creía que las bebidas frías en días fríos provocaban resfriados, mi solícito padre encendía el infiernillo antes de hacer el zumo, ponía encima una cacerola con agua y, cuando el agua estaba a punto de hervir, metía con cuidado los dos vasos de zumo en la cacerola del agua caliente y removía bien con una cuchara para que el zumo que estaba cerca del cristal no estuviera más caliente que el zumo del centro del vaso. Y así, afeitado, vestido y encorbatado, con el delantal de cuadros de mamá atado a la cintura encima de su traje barato, iba a  despertar a mi madre (a [la habitación de]
la  biblioteca) y a mí (al cuarto del final del pasillo) y nos daba a cada uno un vaso de zumo de naranja tibio. Mientras yo me tomaba ese zumo templado como si fuese medicina, mi padre permanecía a mi lado, con el delantal de cuadros, la discreta corbata y el traje gastado por los codos, esperando a que le devolviese el vaso vacío. Mientras yo me tomaba el zumo, mi padre pensaba qué decir: siempre se sentía culpable de cada silencio. Por eso bromeaba conmigo a su manera, sin ninguna gracia: "Hijito,/ tómate el zumito,/ yo esperaré/ y no te apremiaré".
O: "Si cada día te tomas un vaso templado/ crecerás y serás un valiente soldado".
O también: "Cada sorbo dado/ reconstituye el alma y el cuerpo cansado".
[...]

domingo, 2 de marzo de 2014

No te vayas.

Lamento mi ausencia ayer, ya que acostumbro a escribir siempre el día uno de cada mes, con excepción de enero, claro, aunque supongo que ese día se me perdona por la obviedad.
El siguiente fragmento lo he escogido y me conmovió en su momento por la misma razón que el de Las postales de Mostar, aunque esto lo leí antes. La desesperación de una madre que ha perdido a su hijo en la primera guerra árabe-israelí tras la declaración de independencia de Israel en 1948.
¿A alguien le queda alguna duda de que la guerra es lo más terrible que ha inventado el ser humano? ¿Por qué se llega a estos extremos por la intolerancia?

Una historia de amor y oscuridad
Amós Oz
Capítulo 46


En el diario de Tzarta Abramsky ponía:

23.9.48
El 18 de septiembre, a las diez y cuarto de la mañana del sábado, murió mi Yoni, mi hijo Yoni, toda mi vida... Un francotirador árabe lo alcanzó, a mí ángel, sólo dijo «mamá», consiguió correr unos metros (él, mi maravilloso y puro hijo, estaba al lado de casa) y cayó... No escuché su última palabra y no contesté a su voz que me llamaba. Cuando llegué, mi tesoro, mi cielo ya no estaba con vida. Lo vi en el depósito. Él, tan maravillosamente bello, parecía dormido. Lo abracé y lo besé. Bajo su cabeza pusieron una piedra. La piedra se movió, y su cabeza, una cabeza de querubín, se movió un poco. Mi corazón dijo: no está muerto, hijo mío. Se está moviendo... Sus ojos estaban medio cerrados. Y después llegaron «ellos», los trabajadores del tanatorio, y empezaron a importunarme, a regañarme con rudeza y a molestarme: no tenía permiso para abrazarlo y besarlo... Me fui.

Al cabo de unas horas volví. Ya había empezado el «toque de queda» (estaban buscando a los asesinos de Bernadotte). A cada paso me paraba la policía... y me pedían el permiso para estar en la calle durante el toque de queda. Él, mi hijo asesinado, era mi único permiso. Los policías me dejaron entrar en el tanatorio. Llevé una almohada. Quité la piedra y la dejé a un lado: no podía ver su maravillosa y delicada cabeza sobre una piedra. Entonces volvieron «ellos» y empezaron otra vez a echarme. Dijeron que no me atreviera a tocarlo. No obedecí. Seguí abrazándolo y besándolo, a mi tesoro. Me amenazaron con cerrar la puerta con llave y dejarme con él, con el fundamento de toda mi vida. Era lo único que quería (que se fueran y me encerrasen con él). Entonces cambiaron de parecer y me amenazaron con llamar a los soldados. No me inmuté... Salí del depósito por segunda vez. Antes de salir lo abracé y lo besé. Al día siguiente por la mañana volví a verle, a mi hijo... volví a abrazarlo y a besarlo, de nuevo le pedí a Dios venganza por mi pequeño, y de nuevo me echaron... y cuando volví mi maravilloso hijo, mi ángel, ya estaba en una caja cerrada, pero recuerdo su rostro, todo, lo recuerdo todo.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El universo de los niños.

Una historia de amor y oscuridad
Amós Oz
Final del capítulo 3


Para recuperarnos de la tristeza y el mal cuerpo que nos habrá dejado el primer texto, Las postales de Mostar, ¿por qué no os dedico ahora un fragmento que nos hará sonreír con ternura y melancolía? Se trata de unos párrafos extraídos de Una historia de amor y oscuridad, autobiografía del escritor israelí Amós Oz. Aunque el libro es bastante lacrimoso en términos generales, los primeros capítulos son muy dulces y evocan al lector a su propia infancia, sintiéndose identificado con un niño solitario, con mucha imaginación y poca vergüenza.
Antes de escribir nada, debo situar el fragmento en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, ya que el autor nació en 1939 y en este capítulo nos habla de un momento en el que la guerra aún no había llegado a su fin.


Durante la guerra, había en la pared del pasillo un gran mapa de los frentes de combate en Europa, con chinchetas y banderines de colores que mi padre movía cada dos o tres días siguiendo las noticias de la radio. Y yo me construí una realidad paralela, privada: me hice encima de la alfombra un frente de combate propio, una realidad virtual donde movía tropas, hacía movimientos en tenaza, emboscadas, asaltaba cabezas de puente, asediaba, asumía retiradas tácticas y las aprovechaba para penetraciones estratégicas.

(...)

   Entre la alfombra, las patas de los muebles y el hueco bajo la cama descubría a veces no sólo islas ignotas, sino también nuevas estrellas, sistemas solares desconocidos, galaxias enteras. Si me hubieran metido en la cárcel, me habría faltado la libertad y otras cosas, pero no me habría aburrido, siempre y cuando me hubiesen permitido tener en la celda un dominó, una baraja, dos cajas de cerillas, doce monedas o un puñado de botones: habría pasado los días ordenándolos. Los habría reunido y dispersado, los habría apilado, alejado y acercado, formando con todo ello pequeñas composiciones. Tal vez todo se debía a que era hijo único: no tenía hermanos ni hermanas y muy pocos amigos, que al rato se cansaban de mí porque querían acción y no podían adaptarse al ritmo épico de mis juegos.
   Muchas veces empezaba un juego sobre el suelo el lunes y el martes pasaba toda la mañana en el colegio pensando en la siguiente maniobra y, por la tarde, hacía una o dos maniobras más y dejaba la maniobra siguiente para el miércoles y el jueves. Mis amigos se hartaban, me dejaban con mis fantasías y se iban a jugar al escondite por los patios, mientras yo seguía desarrollando mi historia a ras de tierra durante varios días más: movía tropas, sitiaba ciudadelas y capitales, derrotaba, conquistaba, disponía regimientos clandestinos en las montañas, atacaba fortalezas y líneas defensivas, liberaba y volvía a conquistar, alejaba y acercaba fronteras marcadas con cerillas. Si por error de mis padres pisaba mi universo, me declaraba en huelga de hambre o en rebelión contra el cepillado de dientes. Hasta que al final llegaba el día del juicio, mi madre no podía soportar por más tiempo la acumulación de pelusas y lo barría todo, flotas, tropas, ciudades, montañas, bahías, continentes enteros. Igual que una catástrofe nuclear.