lunes, 5 de mayo de 2014

Todo por nada.

La insoportable levedad del ser
Milan Kundera
Sexta parte: la Gran Marcha; capítulos 1 y 2.

Aunque fuese el inicio del verano cuando lo leí, agobiada por selectividad y con ganas de descansar por las vacaciones, tuve el valor de coger este libro sin una sola opinión que sirviera como precedente. Simplemente lo hice porque estaba allí. Y si estaba allí, sería para que lo usasen, para que le prestaran atención. Allí, junto a mi sillón favorito, mirándome con carita de cordero degollado pidiéndome salir.
Y no me esperaba la cantidad de pasajes que me iban a quedar grabados en la mente sin necesidad de apuntar ni siquiera las páginas. Ya señalé uno de ellos aquí, hoy le toca a otro. A dos capítulos enteros, para vosotros.

1
Fue en 1980 cuando pudimos leer por primera vez en el "Sunday Times", cómo murió Iakov, el hijo de Stalin. Preso en un campo de concentración alemán durante la segunda guerra mundial, compartía su alojamiento con oficiales británicos. Tenían un retrete común. El hijo de Stalin lo dejaba sucio. A los ingleses no les gustaba ver el retrete embadurnado de mierda, aunque fuera mierda del hijo de quien entonces era el hombre más poderoso del mundo. Se lo echaron en cara. Se ofendió. Volvieron a reprochárselo una y otra vez, le obligaron a que limpiase el retrete. Se enfadó, discutió con ellos, se puso a pelear. Finalmente solicitó una audiencia al comandante del campo. Quería que hiciese de juez. Pero aquel engreído alemán se negó a hablar de mierda. El hijo de Stalin fue incapaz de soportar la humillación. Clamando al cielo terribles insultos rusos, echó a correr hacia las alambradas electrificadas que rodeaban el campo. Cayó sobre ellas. Su cuerpo, que ya nunca ensuciaría el retrete de los ingleses, quedó colgando de las alambradas.



2
El hijo de Stalin no tenía una vida fácil. Su padre lo había concebido con una mujer a la que, después, según todos los indicios, asesinó. El joven Stalin era por tanto hijo de Dios (porque su padre era venerado como un Dios) y, al mismo tiempo, réprobo. La gente lo temía por partida doble: podía hacerles daño con su poder (al fin y al cabo era hijo de Stalin) y con su favor (el padre podía castigar a sus amigos en lugar de hacerlo con el hijo réprobo).
La reprobación y el privilegio, la felicidad y la infelicidad, nadie sintió de un modo más concreto hasta qué punto estos contrarios son intercambiables y hasta qué punto no hay más que un paso desde un polo de la existencia humana hasta el otro.
Nada más empezar la guerra lo capturaron los alemanes, y otros prisioneros, que pertenecían a una nación que siempre le había sido profundamente antipáctica por su incomprensible introversión, lo acusaron de ser sucio. ¿Él, que debía soportar el peso del mayor drama imaginable (ser al mismo tiempo hijo de Dios y ángel réprobo), debía ser ahora sometido a juicio, no por cuestiones elevadas (referidas a Dios y a los ángeles), sino por asuntos de mierda? ¿Está entonces el más elevado drama tan vertiginosamente próximo al más bajo?
¿Vertiginosamente próximo? ¿Es que la proximidad puede producir vértigo?
Puede. Cuando el polo norte se aproxima al polo sur hasta llegar a tocarlo, la tierra desaparece y el hombre se encuentra en un vacío que hace que la cabeza le dé vueltas y se sienta atraído por la caída.
Si la reprobación y el privilegio son lo mismo, si no hay diferencia entre la elevación y la bajeza, si el hijo de Dios puede ser juzgado por cuestiones de mierda, la existencia humana pierde sus dimensiones y se vuelve insoportablemente leve. En ese momento el hijo de Stalin echa a correr hacia los alambres electrificados para lanzar sobre ellos su cuerpo como sobre el platillo de una balanza que cuelga lamentablemente en lo alto, elevado por la infinita levedad de un mundo que ha perdido sus dimensiones.
El hijo de Stalin dio su vida por la mierda. Pero morir por la mierda no es una muerte sin sentido. Los alemanes, que sacrificaban su vida para extender el territorio de su imperio hacia oriente, los rusos, que morían para que el poder de su patria llegase más lejos hacia occidente, ésos sí, ésos morían por una tontería y su muerte carece de sentido y de validez general. Por el contrario, la muerte del hijo de Stalin fue, en medio de la estupidez generalizada de la guerra, la única muerte metafísica.

domingo, 2 de marzo de 2014

You'll never walk alone.

¿Quién no se ha sentido alguna vez extenuado?, ¿que ha dado casi todas las fuerzas que tiene? ¿Quién no ha pedido ayuda a Dios o a la nada?

Biblia
Deuteronomio, 4: 29-31.

Allí buscarás al Señor, tu Dios, y le hallarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma


Cuando te hayan sobrevenido estas cosas en los últimos días, te convertirás al Señor en tu angustia y escucharás su voz,

pues el Señor, tu Dios, es Dios misericordioso, que no te abandonará, ni te aniquilará, ni se olvidará de la alianza que juró a tus padres.

No te vayas.

Lamento mi ausencia ayer, ya que acostumbro a escribir siempre el día uno de cada mes, con excepción de enero, claro, aunque supongo que ese día se me perdona por la obviedad.
El siguiente fragmento lo he escogido y me conmovió en su momento por la misma razón que el de Las postales de Mostar, aunque esto lo leí antes. La desesperación de una madre que ha perdido a su hijo en la primera guerra árabe-israelí tras la declaración de independencia de Israel en 1948.
¿A alguien le queda alguna duda de que la guerra es lo más terrible que ha inventado el ser humano? ¿Por qué se llega a estos extremos por la intolerancia?

Una historia de amor y oscuridad
Amós Oz
Capítulo 46


En el diario de Tzarta Abramsky ponía:

23.9.48
El 18 de septiembre, a las diez y cuarto de la mañana del sábado, murió mi Yoni, mi hijo Yoni, toda mi vida... Un francotirador árabe lo alcanzó, a mí ángel, sólo dijo «mamá», consiguió correr unos metros (él, mi maravilloso y puro hijo, estaba al lado de casa) y cayó... No escuché su última palabra y no contesté a su voz que me llamaba. Cuando llegué, mi tesoro, mi cielo ya no estaba con vida. Lo vi en el depósito. Él, tan maravillosamente bello, parecía dormido. Lo abracé y lo besé. Bajo su cabeza pusieron una piedra. La piedra se movió, y su cabeza, una cabeza de querubín, se movió un poco. Mi corazón dijo: no está muerto, hijo mío. Se está moviendo... Sus ojos estaban medio cerrados. Y después llegaron «ellos», los trabajadores del tanatorio, y empezaron a importunarme, a regañarme con rudeza y a molestarme: no tenía permiso para abrazarlo y besarlo... Me fui.

Al cabo de unas horas volví. Ya había empezado el «toque de queda» (estaban buscando a los asesinos de Bernadotte). A cada paso me paraba la policía... y me pedían el permiso para estar en la calle durante el toque de queda. Él, mi hijo asesinado, era mi único permiso. Los policías me dejaron entrar en el tanatorio. Llevé una almohada. Quité la piedra y la dejé a un lado: no podía ver su maravillosa y delicada cabeza sobre una piedra. Entonces volvieron «ellos» y empezaron otra vez a echarme. Dijeron que no me atreviera a tocarlo. No obedecí. Seguí abrazándolo y besándolo, a mi tesoro. Me amenazaron con cerrar la puerta con llave y dejarme con él, con el fundamento de toda mi vida. Era lo único que quería (que se fueran y me encerrasen con él). Entonces cambiaron de parecer y me amenazaron con llamar a los soldados. No me inmuté... Salí del depósito por segunda vez. Antes de salir lo abracé y lo besé. Al día siguiente por la mañana volví a verle, a mi hijo... volví a abrazarlo y a besarlo, de nuevo le pedí a Dios venganza por mi pequeño, y de nuevo me echaron... y cuando volví mi maravilloso hijo, mi ángel, ya estaba en una caja cerrada, pero recuerdo su rostro, todo, lo recuerdo todo.

sábado, 1 de febrero de 2014

Kafka, el escarabajo.

Diarios
Franz Kafka
21 de julio de 1913

La vida amorosa de Kafka fue tormentosa y prácticamente un callejón sin salida, pero no es eso lo que me interesa de esta publicación; lo que me interesa, y siempre me ha interesado de Kafka, es su visión pesimista del mundo (¿cómo no acabaría suicidándose?), su perpetuo espíritu filósofo y predilección por su propia soledad, estar a solas con su alma y su mente... Jamás me interesará más ninguna figura intelectual como Kafka, e incluso personal.

Lista de todas las razones a favor o en contra de mi matrimonio:
1. Incapacidad para soportar la vida solo; (…) es incluso muy poco probable que pueda entender la vida con alguien, pero soy incapaz de soportar las embestidas de la existencia, las exigencias a mi persona, el azote del tiempo y de la edad, la incierta afluencia del deseo de escribir, el insomnio, la proximidad de la locura, soy incapaz de soportar todo eso solo (…).
(…)
3. Debo estar solo mucho tiempo. Lo que he dado de mí, es únicamente fruto de la soledad.
4. Odio todo aquello que no se refiera a la literatura; me aburre mantener conversaciones (aunque estas traten de literatura); me aburre hacer visitas; las penas y las alegrías de mis parientes me aburren hasta el fondo del alma; las conversaciones le roban la importancia, la seriedad y la verdad a todo lo que pienso.
5. El miedo al vínculo, a pasarme a la otra orilla. Después ya nunca estaré solo.
6. En presencia de mis hermanas soy, o más bien antes era, una persona completamente distinta a como soy delante de los demás: atrevido, desnudo, fuerte, sorprendente y emotivo como sólo puedo serlo al escribir. ¡Si pudiera ser así delante de todo el mundo a través de mi mujer! ¿Pero entonces no se me privaría de eso mismo en la escritura? ¡No, eso sí que no, eso sí que no!
7. Estando solo quizá podría abandonar mi empleo; casado eso sería imposible.

Este corazón oprimido...

Los sufrimientos del joven Werther
Johann Wolfgang Goethe
Carta a Guillermo (Wilheim) del 16 de marzo

Es uno de los libros que más me ha marcado: uno de los que cuyo estilo me ha cautivado y me ha hecho emocionarme. La única literatura alemana que conozco. Conozco poco Romanticismo en novela, pero las pocas novelas que conozco rozan la excelencia de los clásicos. Aquí dejo un fragmento de una de las obras más bellas (si no la que más) del Romanticismo.

Las lágrimas corrieron por sus mejillas. Yo estaba fuera de mí. Ella las secó, sin querer ocultarlas.
-Ya conoce usted a mi tía -empezó-: estaba presente, y, oh, con qué ojos la contempló. Werther, anoche le aguanté un sermón sobre mi trato con usted, y esta mañana otro, y he tenido que oír cómo le rebajaba a usted, cómo le humillaba, y sólo he podido defenderle a medias.

Cada palabra que decía me atravesaba el corazón como una espada. Ella no sentía qué misericordia hubiera sido callármelo todo; y todavía añadió cuánto se charlaría aún sobre ello, y qué clase de gente lo consideraría como un triunfo: cómo se reirían y alegrarían ahora con este castigo a mi orgullo y a mi poca estimación de otras personas, lo cual me lo reprochan hace ya tiempo. Y todo eso, Guillermo, oírselo a ella, con el acento de la más auténtica simpatía por mí; ...me quedé destrozado, y todavía ardo en cólera dentro de mí. Quería que alguien se me pusiera delante reprochándomelo para poder atravesar con un puñal: si viera sangre, me sentiría mejor. Ah, muchas veces he tomado un cuchillo para dar aire a este corazón oprimido. Se cuenta de una especie noble de caballos que cuando los acosan y persiguen terriblemente, se muerden ellos mismos una vena por un instinto, para recobrar el aliento. Así me ocurre a mí muchas veces: querría abrirme una vena que me diera la libertad eterna.

jueves, 2 de enero de 2014

Mi rosa

El principito
Antoine de Saint-Exupéry
Capítulo XXI

La mayoría de los adultos hemos leído El principito y nos hemos dado cuenta del trasfondo filosófico del que no nos habríamos dado cuenta de haberlo leído de niños. Aquí dejo uno de los numerosos fragmentos que me conquistaron, aunque es muy difícil escoger sólo uno. Todas y cada una de las palabras del siguiente texto son extrapolables al amor entre dos individuos.


-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

No te separes de mí

La insoportable levedad del ser
Milan Kundera
Primera parte: la levedad y el peso; capítulo 6.

Aunque por el título parezca un libro pesado y tedioso, el verdadero significado profundo está latente en una bella historia de amor, tan bella como tormentosa. Aquí dejo un fragmento con el que seguramente todos nos sentiremos identificados, ya que todos necesitamos cariño en algún momento.


Por eso se sorprendió tanto cuando se despertó y Teresa cogía con fuerza su mano. La miraba y no podía entender qué había pasado. Se acordaba de las horas que acababan de pasar y le parecía que de ellas se desprendía el perfume de quién sabe qué felicidad desconocida.
Desde entonces los dos disfrutaban durmiendo juntos. Diría casi que el objetivo del acto amoroso no era para ellos el placer sino el sueño que venía después de aquél. Ella, en particular, no podía dormir sin él. Cuando alguna vez se quedaba sola en su piso alquilado (que iba convirtiéndose cada vez más en una simple tapadera), no podía conciliar el sueño en toda la noche. En sus brazos se dormía por más excitada que estuviera. Él le susurraba al oído historias que inventaba para ella, cosas sin sentido, palabras que repetía monótonamente, consoladoras o chistosas. Aquellas palabras se convertían en visiones confusas que la transportaban hasta el primer sueño. Tenía el sueño de ella totalmente en su poder y ella se dormía en el instante que él elegía.
Cuando dormían, se aferraba a él como la primera noche: se cogía con fuerza de su muñeca, de su dedo, de su tobillo. Si quería alejarse sin despertarla, debía utilizar algún truco. Liberaba el dedo (la muñeca, el tobillo) de su encierro, lo cual siempre la despertaba a medias, porque ni aun dormida dejaba de vigilar atentamente lo que él hacía. Se calmaba cuando en lugar de su muñeca ponía en su mano algún objeto (un pijama retorcido, un zapato, un libro) que ella luego apretaba firmemente como si fuera parte del cuerpo de él.