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jueves, 1 de octubre de 2015

Ahora me ves, ahora no me ves

Battle Royale
Koushun Takami
Segunda parte: etapa intermedia. Capítulos 44-45.

Para entender este texto, es necesario conocer "las reglas del juego" básicas del argumento, que aparecen en el enlace a continuación:

https://es.wikipedia.org/wiki/Battle_Royale_(pel%C3%ADcula) Puntos 1, 2 y 2.1.

En este apartado aparece la muerte de un personaje, aunque no es relevante en el libro y en la película esta secuencia ni siquiera aparece, así que hay poco riesgo en el primer caso e inexistente en el segundo de destripar ningún final o capítulo o escena importante. Yo ya lo he avisado.


[...]
Sho Tsukioka (el estudiante número 14) [...] empezó a seguir al «jefe», que se alejaba de la sanguinaria escena, Sho ya había decidido cómo procedería.
Para ayudar a Sho en su táctica, el candidato principal era indudablemente Kazuo Kiriyama. [...] Había decidido afrontar el juego, estaba seguro de que su plan era la mejor opción. Además, Kazuo no sólo llevaba una ametralladora (¿era el arma que le había correspondido o pertenecía a uno de los tres estudiantes que había matado?), sino también la pistola de Mitsuru. En estos momentos, nadie podía vencer a Kazuo en una confrontación directa.
No obstante, Sho tenía una ventaja: una cosa en la que sabía que era muy bueno. Tenía un talento natural para introducirse de incógnito en los sitios y robar cuando nadie estaba mirando, y también era muy bueno siguiendo a la gente sin que lo notaran. Un talento natural para ser un rastrero en todos los aspectos —«¿Qué quieres decir con “rastrero”? ¿Cómo te atreves?»—. Y por lo que respecta al arma que había encontrado en su mochila, era una Derringer del 22 Double High Standard. Los cartuchos eran mágnum, letales a corta distancia, pero no era el arma ideal para un tiroteo.
«Bueno —pensó Sho—, aunque Kazuo Kiriyama vaya a salir victorioso de esto, tendrá que vérselas con tipos como Shogo Kawada y Shinji Mimura… [...] Si ellos también tienen pistolas, probablemente acabarán hiriéndolo. Y tanto combate acabará agotándolo.
»Entonces, simplemente tendré que seguirlo hasta que palme. Y justo entonces podré dispararle por la espalda. En el momento en que piense que ha acabado con el último, bajará la guardia y entonces será cuando yo le dispare, Kazuo para nada sospechará que hay alguien que le está pisando los talones [...] Sho no se tendría que manchar las manos en aquel juego en el que uno tenía que matar a sus compañeros de clase uno por uno. No era que sintiera fuertes objeciones morales por el hecho de matarlos, era sólo que pensaba: «No quiero matar a chicos inocentes… ¡Es tan vulgar! Kazuo me va a hacer el trabajo. Yo sólo tengo que quedarme detrás de él. Puede que mate a alguien delante de mí, pero no es previsible que yo intervenga. Sería demasiado peligroso. Y así, al final, lo mataré en defensa propia. Es decir, que si yo no acabo con él, él me matará a mí…» Ése era el curso de sus pensamientos.
Había otra ventaja en el hecho de seguir a Kazuo. Si se quedaba cerca de él, no tendría que preocuparse mucho por que lo atacaran. Y en el desdichado caso de que así fuera, siempre que eludiera la primera agresión, el que respondería a la violencia sería Kazuo. Lo único que tendría que hacer Sho sería salir huyendo de la escena y Kazuo se ocuparía del resto. Por supuesto, eso también podría significar que le perdería el rastro y desbarataría su plan, así que quería evitar ese escenario si estaba en su mano.
Decidió mantener una distancia fija en torno a los veinte metros por detrás de Kazuo. Avanzaría cuando lo hiciera Kazuo y se pararía cuando se detuviera. También estaba el asunto de las zonas prohibidas. Kazuo también debía considerarlas, así que probablemente se mantendría bien alejado de ellas. Mientras Sho mantuviera las distancias, estaría a salvo de entrar en dichas áreas. Cuando Kazuo se detuviera, comprobaría el mapa para asegurarse de que no se encontraba en una zona prohibida.
Todo estaba saliendo según su plan.
Kazuo abandonó el cabo sur de la isla y, después de entrar en varias casas de la zona residencial (encontrando probablemente lo que anduviera buscando), decidió encaminarse hacia las montañas del norte por alguna razón y luego se detuvo. Por la mañana, cuando oyó unos disparos lejanos, decidió no actuar, tal vez porque se encontraban muy lejos. [...]
Luego, justo antes de las tres de la tarde, Kazuo empezó a avanzar tras oír un tiroteo en aquella parte de la montaña. [...]
El plan de Kazuo parecía sencillo, al menos de momento. Una vez que sabía dónde se encontraba alguien, iba y disparaba. [...] De momento podía estar contento: Kazuo ni se había enterado de su presencia.
Kazuo parecía estar descansando apaciblemente. Puede que estuviera durmiendo.
[...]
Lo que resultaba un verdadero contratiempo, por otra parte, era que Sho era un fumador compulsivo. El olor del humo del cigarro, dependiendo de la dirección del viento, podría darle una pista a Kazuo. No, el ruidillo de su encendedor eléctrico al prender podría ser incluso peor y fatal.
Sho sacó su paquete de Virginia Slim importado con sabor mentolado —le gustaba el nombre, aunque por supuesto era dificilísimo conseguirlos en el país, pero había lugares donde los vendían y lo único que tenía que hacer era robarlos; tenía montones de cajetillas en su habitación— y se colocó con mucho cuidado uno de aquellos finos cigarrillos entre los labios. Captó una levísima vaharada de aquel olor a tabaco y aquel perfume único a mentol y sintió cierto alivio de su síndrome de abstinencia. Necesitaba llenarse los pulmones de humo…, pero de algún modo consiguió reprimir el ansia.
[...]
Por el rabillo del ojo vio que unos arbustos se agitaban levemente.
Sho se quitó rápidamente el cigarrillo de la boca y se lo metió en el bolsillo, junto con el espejo. Luego agarró la Derringer y cogió la mochila con la otra mano.
La cabeza de Kazuo Kiriyama, con el pelo repeinado hacia atrás, apareció entre unos arbustos. Miró a su izquierda y a su derecha, y luego hacia el norte…, justo a la izquierda de donde se encontraba Sho, hacia la loma.
A la sombra de una azalea repleta de flores rosas, Sho levantó la ceja levemente.
«¿Qué demonios está haciendo?»
No había oído ningún disparo. Ningún ruido extraño en absoluto. ¿Había pasado algo por allí? 
Sho miró por todas partes, pero no vio movimiento alguno.
Kazuo al final salió de los arbustos. Llevaba la mochila colgando de un hombro y la ametralladora del otro, con la mano apoyada en la culata. Comenzó a ascender la loma, zigzagueando entre los árboles. Rápidamente alcanzó la altura de Sho y luego siguió subiendo. Entonces, Sho se incorporó y comenzó a seguirlo.
A pesar de su altura (medía 1,77), Sho se movía con destreza, como un gato. Con sumo cuidado, se mantenía a unos veinte metros por detrás del negro abrigo escolar de Kazuo, que se distinguía de tanto en tanto entre los árboles. La confianza de Sho en sí mismo estaba justificada cuando se trataba de cumplir con la tarea de seguir a alguien.
Los movimientos de Kazuo también eran precisos y rápidos. Se detenía a la sombra de un árbol, comprobaba la zona y donde la vegetación se espesaba, se ponía de rodillas y escudriñaba la zona a ras de suelo antes de avanzar. El único problema era…
«Que estás dejando descubierta la espalda, Kazuo».
Debían de haber cubierto unos cien metros. La plataforma de vigilancia estaba arriba a la izquierda. Kazuo se detuvo allí.
Las masas de árboles frente a él se interrumpían por un camino estrecho y sin pavimentar. Tenía menos de dos metros de anchura, justo lo suficiente como para que pasara un vehículo.
[...]
A la derecha de Kazuo, hacia donde estaba mirando, había un sitio con un banco y un aseo portátil de color marrón. A lo mejor era un área de descanso para los senderistas que subían la montaña. Kazuo oteó la zona y luego se volvió hacia donde estaba Sho, pero éste naturalmente ya se había escondido. Kazuo se adelantó al camino y corrió hacia el aseo portátil. Abrió la puerta y entró. Asomó la cabeza y miró fuera otra vez antes de cerrar la puerta. La dejó entreabierta, tal vez por si acaso se veía obligado a escapar si ocurría algo.
«Ay, Dios mío…» Sho se llevó la mano a los labios. «Ay, Dios mío». Sho permaneció agachado, intentando con todas sus fuerzas no estallar en carcajadas.
Era cierto, desde que Sho había comenzado a seguirlo, Kazuo no había ido al baño ni una sola vez. Podía haberlo utilizado en alguna de las casas en las que había entrado antes de amanecer, pero en cualquier caso, sería imposible aguantar todo un día entero [...] Después de todo, Kazuo Kiriyama procedía de una familia acaudalada. Tal vez ni se había planteado la idea de hacerlo en cualquier otro sitio que no fuera un baño. Debió de recordar que había visto aquel baño portátil cuando pasaron por allí un rato antes. Por eso había regresado.
[...]
Entonces recordó algo y agitó la muñeca para ver bien el reloj. Estaban cerca del sector D-8, que Sakamochi había anunciado que se convertiría en zona prohibida a las cinco de la tarde.
Las manecillas que recorrían aquella esfera sobre unos elegantes números romanos de aquel reloj de mujer indicaban que eran las 4:57 (había ajustado su reloj con el comunicado de Sakamochi, así que estaba seguro de que era esa hora). Sho sacó el mapa y examinó la zona de la montaña norte. El camino de la montaña solo estaba marcado por una línea de puntos en el mapa, y el resto de aquel lugar y el aseo público no estaba señalado ni dentro ni fuera de la zona que delimitaba la cuadrícula D-8.
De repente, Sho se puso tenso e inconscientemente se llevó la mano a su collar metálico. De golpe, sintió la necesidad imperiosa de volver por donde había venido, pero…
[...]
«Bueno, al fin y al cabo, estamos hablando de Kazuo Kiriyama. Aun haciendo caso a la llamada de la naturaleza, seguro que había tenido en cuenta su posición. La razón por la que ha mirado a todos lados con tanta precaución antes de salir de los arbustos donde estaba escondido era para determinar si el baño estaba en D-8 o no». Y la posición de Sho era aproximadamente de unos treinta metros al oeste del aseo portátil. Kazuo estaba más cerca de la zona prohibida que él, así que el hecho de que estuviera allí, en otras palabras, significaba que él también estaba a salvo. No debía perder de vista a Kazuo sólo por un miedo irracional. Eso desbarataría totalmente su plan.
Así que sacó el Virginia Slim que había cogido un rato antes y se lo puso entre los labios. Luego miró al cielo, que se iba oscureciendo poco a poco. En esa época del año, todavía quedaban un par de horas antes de la puesta de sol, pero el cielo, que se iba oscureciendo, estaba ya tiñéndose de naranja por el oeste, y eran escasos los jirones de diminutas nubes que habían adquirido un tono anaranjado brillante.
[...]
Aún continuaba.
«Ay, por Dios, a ver si acaba ya. Termina de una vez, vamos, y ponte a trabajar, hombre». 
Pero no paraba.
Y fue entonces cuando Sho al final frunció el ceño. Se quitó el cigarrillo de la boca y se levantó. Se aproximó al aseo con premura, avanzando entre los arbustos, y entrecerró los ojos.
[...] Y la puerta estaba entreabierta.
Justo entonces hubo un golpe de viento y se abrió la puerta con un chirrido. Qué momento tan oportuno.
Sho abrió los ojos como platos, atónito.
En el interior del aseo había una botella de agua, de las que les había proporcionado el Gobierno, colgando del techo y balanceándose con el viento. Kazuo probablemente la había pinchado con una navaja porque de allí salía un diminuto chorrillo de agua que salpicaba por todas partes, mecida por el viento.
Sho se sintió aterrado.
Entonces vio la parte de atrás de un abrigo escolar allá abajo, zigzagueando entre los árboles. Vio aquel inequívoco peinado hacia atrás, reconocible incluso desde tan lejos y por la espalda.
«Pe… pero… ¿qu… qué? ¿Kazuo? Pero entonces… eh… pero entonces estoy…»
Mientras Kazuo desaparecía entre la maleza, Sho oyó un zumbido. Le recordó el sonido de un silenciador o de un disparo amortiguado con una almohada. Le fue imposible decir si el estallido procedió de la bomba que el Gobierno había instalado en el collar o de la vibración que se produjo por todo su cuerpo.
Alrededor de cien metros abajo, Kazuo Kiriyama ni siquiera miró a su espalda cuando le echó un vistazo a su reloj.
Siete segundos pasaban de las cinco.
[...]
Aquel muchacho, tan grande y de aspecto tan tosco, que actuaba de aquel modo tan extraño y afeminado, Zuki, del clan Kiriyama, había sido cazado en una zona prohibida.
[...]

sábado, 19 de septiembre de 2015

¿Y tú de quién eres?

Battle Royale
Koushun Takami
Primera parte: Empieza el juego. Capítulo 11

No sé los demás, pero lo que busco en una novela, aparte de, por supuesto, que sea una historia creíble y currada, es que profundice en las vidas de los personajes de manera que parezcan reales, como si de verdad tuvieran una vida en el mundo de los vivos. Como si tuvieran familia, ilusiones, infancia, amigos y decepciones. Eso ocurre en algunas ocasiones en Battle Royale, que cuenta con más de 42 personajes (obviamente no es posible narrar la vida de todos sin producir menos de 700 páginas). ¿Y qué historia me llama más la atención? Por supuesto, la rara. La del malo malísimo, Kazuo Kiriyama. Aunque las vidas de "los buenos" son muy insulsas con sólo dos excepciones.


El recuerdo que Mitsuru tenía de su primer encuentro con Kazuo Kiriyama era tan vívido que había permanecido imborrable en su memoria.
Mitsuru había sido un matón incluso desde la escuela, en primaria [...] Así que simplemente fue inevitable, en su primer día en el instituto, que hiciera todo lo posible por eliminar a la competencia procedente de otras escuelas del distrito. [...]
En el pasillo vacío, junto al aula de arte, Mitsuru agarró al muchacho por la solapa y lo aplastó contra la pared. El crío ya tenía amoratado un ojo. Y tenía los ojos anegados en lágrimas. Era pan comido. Bastaría con dos puñetazos.
[...]
Soltó al muchacho y se dio la vuelta. El crío cayó al suelo y salió pitando, pero no había ninguna posibilidad de que Mitsuru pudiera ir tras él.
Estaba rodeado de cuatro tíos, todos ellos mucho más altos que él. Las insignias en sus cuellos indicaban claramente que eran estudiantes de tercer año. Uno podía imaginarse fácilmente lo que eran. Eran lo mismo que él.
[...]
Y para colmo, él mismo había sido el que había escogido adrede un lugar aislado para intimidar a su compañero de clase. No había ninguna posibilidad de que algún profesor pasara por allí.
Le pisaron la muñeca derecha contra el suelo. Uno de ellos le cogió el dedo índice con cuidado y se lo echó hacia atrás, y lo presionó bajo su zapato de piel. Por primera vez en su vida, Mitsuru experimentó el verdadero miedo.
«No… no puede ser…»
Sí podía ser. La suela del zapato presionó el dedo de Mitsuru al mismo tiempo que se oía un horrible crujido. Mitsuru chilló como un cerdo. Nunca había sentido un dolor tan espantoso. Ellos se seguían riendo: «¡Ji, ji, ji…!»
[...]
Sin una pizca de orgullo, Mitsuru comenzó a pedir clemencia, pero ellos ignoraron sus súplicas. Sintió la suela del zapato otra vez, y oyó el crujido del hueso. Su dedo corazón ya estaba destrozado. Mitsuru volvió a gritar.
—Venga, uno más.
Y entonces fue cuando ocurrió.
La puerta de la clase de arte se abrió de repente.
—¿Podéis estaros quietos? —dijo aquella voz tranquila. 
Por un momento, Mitsuru se preguntó si sería un profesor.
Pero un profesor habría intervenido mucho antes y, además, una petición para estarse quietos… era un poco rara.
Con la espalda todavía aplastada contra el suelo, Mitsuru levantó la mirada hacia la puerta.
Aquel tío no era demasiado grande, pero tenía un aspecto increíblemente elegante. Llevaba en la mano un pincel.
Lo había visto en la clase de presentación. Era uno de los compañeros de Mitsuru. Al parecer, su familia se había trasladado poco antes a la ciudad. Nadie sabía quién era, pero como era callado y aparentemente formal, Mitsuru no le había prestado demasiada atención. Dado el refinamiento de su apariencia, probablemente era de una buena familia. Un tipo como aquel probablemente haría todo lo posible por evitar las peleas, así que no había nada de qué preocuparse.
Pero ¿qué estaba haciendo en el aula de arte? Pintando, seguro, pero ¿no era un poco raro ponerse a pintar el primer día de clase?
El muchacho de las espinillas [...] le dio un manotazo y le arrebató el pincel de la mano al chico; la pintura azul del pincel salpicó el suelo.
El chico miró al de las espinillas lentamente, de arriba abajo.
Lo demás necesita poca explicación. El chico bajito les dio una paliza a los cuatro estudiantes de tercer año (todos acabaron por el suelo, semiinconscientes y doloridos).
El chico se acercó a Mitsuru. Después de mirarlo por encima, únicamente dijo:
—Deberías ir a un hospital para que te vieran esa mano. 
Y luego volvió al aula.
[...]
Mitsuru había intentado sonsacarle luego diciéndole que debía de haber sido todo un personaje en la primaria, pero Kazuo solo lo negó. Entonces… ¿era campeón de judo o algo? Kazuo también dijo que no. Mitsuru se enteró más adelante de otra cosa muy rara, y era que, el día que se habían conocido, Kazuo se había metido en el aula de arte para pintar. Cuando Mitsuru le preguntó por qué había hecho aquello, Kazuo solo contestó: «Me apetecía». [...]
Kazuo siempre parecía tranquilo. [...]
Sin embargo, Kazuo no solo era muy fuerte. Era extremadamente inteligente. Con una aparente sencillez, sobresalía en todo. Cuando asaltaron la tienda de licores, fue Kazuo quien diseñó aquel plan tan brillante. Kazuo libró a Mitsuru de numerosos embrollos en los que se había metido (desde que se pegó a Kazuo, la policía no había vuelto a arrestarlo). Además, se suponía que su padre era el presidente de una importante empresa de la prefectura… no, de toda la región de Chugoku y Shikoku. No tenía miedo de nada. [...]
Mitsuru lo convirtió en el líder de su banda, que continuaba metiéndose en líos. Mitsuru solo se preguntó una vez si era justo enredar en aquello a Kazuo. Este prohibió estrictamente a Mitsuru y a los otros que se acercaran siquiera a su casa (en realidad era una mansión, y nunca lo dijo así, pero eso era lo que daba a entender), así que Mitsuru nunca tuvo ocasión de saber si los padres de Kazuo eran conscientes de las actividades en las que andaba su hijo. Se preocupaba porque tal vez la banda podía ser una mala influencia para Kazuo, que obviamente era un muchacho muy bien educado. Después de pensárselo mucho, Mitsuru al final compartió sus preocupaciones con Kazuo.
Pero Kazuo solo le respondió: «No me importa. Es divertido». Así que Mitsuru decidió que, si al propio Kazuo no le importaba, pues estaba bien.
[...]
Con todo, había una única cosa que había incomodado a Mitsuru desde el principio. Él pensaba que no tenía la menor importancia, así que había hecho todo lo posible por ignorarlo todo ese tiempo: Kazuo Kiriyama nunca sonreía.
Y luego había un pensamiento de Mitsuru que seguramente tenía visos de realidad. «Parece como si siempre tuviera muchas cosas en la cabeza, y seguramente será así. Pero a lo mejor hay algo increíblemente siniestro tramándose en la mente de Kazuo, algo tan siniestro que está más allá de mi imaginación… A lo mejor ni siquiera es nada siniestro. A lo mejor es solo ensimismamiento, una especie de agujero negro…»
[...]
[Kazuo] Quitó de allí la mano y se tocó la sien izquierda… para ser más precisos, un poco por debajo de la sien. Cualquiera habría dicho que estaba simplemente alisándose el pelo.
Pero no. Lo hizo porque tenía una extraña sensación… no era dolor ni un picor, sino algo raro e infrecuente que le ocurría solo un par de veces al año. El acto reflejo de tocarse allí, junto con aquella extraña sensación, ya se había convertido en algo familiar para Kazuo.
Sus padres le habían proporcionado una educación muy esmerada. Pero, a pesar de aprender todo lo que tenía que saber sobre el mundo a su temprana edad, el propio Kazuo no tenía ni idea de lo que le causaba aquella sensación. Era inevitable. Cualquier sospecha de daño cerebral había desaparecido completamente para cuando adquirió suficiente edad para reconocerse en un espejo. En otras palabras, no sabía nada respecto a lo que le causaba aquella extraña sensación. Kazuo no era consciente del hecho de que casi había muerto en un espantoso accidente automovilístico cuando todavía estaba en el seno materno ni sabía que su madre había muerto en el accidente. Por supuesto, Kazuo tampoco sabía nada de la conversación que su padrastro y un famosísimo y reputadísimo médico habían mantenido respecto a una esquirla que se había incrustado en su cerebro justo antes de nacer, ni del hecho de que ni su padre ni el doctor que presumía de que la operación había sido un éxito supieran que la esquirla había seccionado un grupo de células nerviosas muy delicadas. Todos aquellos sucesos pertenecían a otro tiempo. El médico murió de un fallo hepático y su padre, o más precisamente su padre real, también murió por complicaciones causadas tras el accidente. Así que no había nadie que pudiera contarle esos detalles a Kazuo.
Una cosa era absolutamente cierta: o lo era al menos para Kazuo. Aunque no pudiera darse cuenta especialmente, o más apropiadamente, quizá porque era incapaz de llegar a esa conclusión, eso era lo que le ocurría: Kazuo Kiriyama no sentía nada. Ni culpabilidad, ni pena ni compasión [...] y desde el mismo día en que vino a este mundo era así, nunca había sentido ni la más mínima emoción.