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sábado, 19 de diciembre de 2015

Vuelva dentro de tres días

Vida y destino
Vasili Grossman
Primera parte, capítulo 24

Quienes lean esto se sentirán todos identificados, pues a todos nos han hecho perder el tiempo, nos han frustrado, nos han toreado y hemos visto cómo la otra persona encima sentía satisfacción por ello, una prueba de que la literatura en mayúsculas es universal y atemporal.
El libro se ambienta en la Rusia de la Segunda Guerra Mundial.

[...]
A pesar de las dificultades de la vida, se sentía ligera y emancipada. Durante mucho tiempo, hasta que no obtuvo el permiso de residencia [28], no tuvo derecho a cartilla de racionamiento y sólo podía comer una vez al día en el comedor con los cupones de comida. Ya desde la mañana pensaba en el momento de entrar al comedor y que le dieran un plato de sopa.
[...]
Yevguenia Nikoláyevna tuvo que hacer frente a muchas dificultades para obtener el permiso de residencia.
El jefe de la oficina de diseños y proyectos donde ella había comenzado a trabajar, el teniente coronel Rizin, un hombre alto de voz suave y susurrante, desde el primer día comenzó a lamentarse por la responsabilidad que había asumido contratando a alguien que no tenía los papeles en regla. Le ordenó, pues, que fuera a la comisaría local después de extenderle un certificado de trabajo.
Un oficial de la comisaría se quedó con el pasaporte de Yevguenia Nikoláyevna y su certificado y le dijo que volviera al cabo de tres días para conocer la respuesta.
Cuando llegó el día asignado, Yevguenia Nikoláyevna entró en el pasillo en penumbra donde había personas sentadas a la espera de ser recibidas; sus rostros reflejaban esa expresión particular que a menudo muestran las personas que han ido a la comisaría por cuestiones relacionadas con el pasaporte o permisos de residencia. Yevguenia se acercó a la ventanilla. Una mano femenina con las uñas pintadas con un esmalte rojo oscuro le alargó el pasaporte y le dijo con voz tranquila:
– Se lo han denegado.
Se puso a la cola para hablar con el jefe de la sección de pasaportes. La gente de la fila hablaba a media voz y seguía con la mirada a las empleadas con los labios pintados, vestidas con chaquetones guateados y botas, que pasaban por el pasillo. Un hombre ataviado con un abrigo de entretiempo y una visera pasó calmosamente; el cuello de la guerrera militar le asomaba por debajo de la bufanda; sus botas crujían. Abrió con una pequeña llave la cerradura: era Grishin, el jefe de la sección de pasaportes. Yevguenia Nikoláyevna observó que las personas que guardaban cola no se habían alegrado como acostumbra a suceder después de una larga espera, sino que cuando se acercaban a la puerta miraban temerosos a los lados, como si estuvieran a punto de echarse a correr en el último momento.
[...]
Yevguenia Nikoláyevna entró en el despacho de Grishin. Éste le indicó con un gesto que tomara asiento, miró sus documentos y dijo:
– Se lo han denegado -dijo-. ¿Qué quiere?
– Camarada Grishin -dijo ella con voz trémula-, entiéndalo, durante todo esto tiempo no he recibido la cartilla de racionamiento.
El hombre la miró con ojos imperturbables, su cara ancha y joven expresaba una indiferencia ausente.
– Camarada Grishin -dijo Zhenia-, deténgase un momento a pensar en esta incongruencia. En Kúibishev hay una calle que lleva mi apellido, la calle Sháposhnikov, en honor a mi padre, uno de los pioneros del movimiento revolucionario en Samara, y ustedes deniegan el permiso de residencia a su hija…
Los ojos serenos de Grishin se clavaron en ella: la estaba escuchando.
– Necesito una petición oficial -dijo él-. Sin petición no hay permiso.
– Pero es que yo trabajo en una institución militar. -Eso no consta en su certificado de trabajo.
– ¿Puede ser de ayuda?
Grishin respondió de mala gana:
– Tal vez.
Por la mañana, cuando Yevguenia Nikoláyevna acudió al trabajo contó a Rizin que le habían denegado el permiso de residencia. El hombre levantó las manos y dijo con voz queda:
– Ay, qué estúpidos, quizá no entiendan que se ha convertido en una trabajadora indispensable para nosotros, que usted presta servicio a la Defensa.
– Así es -confirmó Yevguenia-. Me han dicho que necesito un documento oficial que certifique que nuestra oficina está subordinada al Comisariado Popular de Defensa. Se lo ruego encarecidamente: redáctemelo y esta tarde lo llevaré a la comisaría.
Al cabo de un rato, Rizin se acercó a Zhenia y con voz culpable dijo:
– Necesito una solicitud por escrito de la policía. De lo contrario tengo prohibido escribir un certificado de ese tipo.
Esa misma tarde Yevguenia fue a la comisaría y, después de la inevitable cola, pidió a Grishin la solicitud, odiándose a sí misma por su sonrisa aduladora.
– No pienso escribirle ninguna solicitud -dijo Grishin. Rizin, al enterarse de la nueva negativa de Grishin, se lamentó y dijo pensativo:
– Bien, dígale que me haga una petición verbal.
La tarde siguiente Zhenia debía encontrarse con el literato moscovita Limónov, que en un tiempo había sido amigo de su padre. Justo después de salir del trabajo se dirigió a la comisaría y pidió a la gente que aguardaba en la cola que le permitieran pasar a ver al jefe de la sección de pasaportes «literalmente un minuto», sólo para hacer una pregunta. La gente se encogió de hombros y desvió la mirada. Al final, dijo con rabia:
– ¿Ah, sí? ¿Quién es el último?
Aquel día el ambiente en la comisaría era especialmente deprimente. Una mujer con las piernas llenas de varices sufrió un ataque de histeria en el despacho de Grishin y se puso a gritar: «Se lo ruego, se lo ruego». Un manco lanzó improperios contra Grishin en el mismo despacho; el siguiente también armó un alboroto, se oían sus palabras: «No me iré de aquí». Pero en realidad se fue enseguida. En medio de aquel jaleo no se oía a Grishin, no levantó la voz ni una sola vez; incluso parecía que no estaba presente, como si la gente gritara y amenazara para sí misma.
Yevguenia hizo cola durante una hora y media y, de nuevo, odiando su propia cara amable y el emocionado «muchas gracias» que pronunció en respuesta a una pequeña señal de Grishin para que se sentara, le pidió que llamara por teléfono a su jefe, explicando que éste dudaba de si tenía derecho a redactar un certificado sin una solicitud previa con un número y sello, pero que después había accedido a escribirle el certificado con la nota: «En respuesta a su solicitud oral del día tal del mes tal».
Yevguenia Nikoláyevna colocó sobre la mesa de Grishin un papelito preparado de antemano donde con caligrafía gruesa y clara había escrito el apellido y patronímico de Rizin, número de teléfono, cargo, rango y en letra pequeña, entre paréntesis: «pausa para comer» y «desde… hasta».
– No haré ninguna solicitud.
– Pero ¿por qué? -preguntó ella.
– No debo hacerlo.
– El teniente coronel Rizin dice que sin solicitud, aunque sea oral, no tiene permiso para escribir un certificado.
– Si no tiene permiso, que no lo escriba.
– Pero ¿qué voy a hacer yo?
– Eso es asunto suyo.
La pasmosa tranquilidad de Grishin la desconcertó; si se hubiera enfadado o irritado por su insistencia, se habría sentido mejor. Pero Grishin continuaba allí sentado, de medio perfil, sin pestañear siquiera, sin prisa.
Yevguenia Nikoláyevna sabía que los hombres se fijaban en su belleza, lo percibía cuando hablaba con ellos. Pero Grishin la miraba como si fuera una vieja con ojos lacrimosos o una lisiada; al entrar en aquel despacho ya no era un ser humano, una mujer joven y atractiva, sólo una solicitante.
A Yevguenia la confundía su propia debilidad, del mismo modo que la confundía la seguridad monolítica de Grishin. Yevguenia Nikoláyevna caminaba por la calle, se apresuraba, llegaba con más de una hora de retraso a su cita con Limónov; pero mientras se afanaba en llegar, había perdido todo interés ante ese encuentro. Todavía podía sentir el olor del pasillo de la comisaría, aún veía las caras de los que hacían cola, el retrato de Stalin iluminado por la luz tenue de la lámpara eléctrica; y al lado, Grishin. Grishin, tranquilo, sencillo, cuya alma mortal concentraba la omnipotencia granítica del Estado.
Limónov, un hombre alto, grueso, cabezón, con rizos alrededor de su gran calvicie, la recibió con alegría.
– Comenzaba a temer que ya no viniera -le dijo mientras la ayudaba a quitarse el abrigo.
Le preguntó sobre Aleksandra Vladímirovna:
– Desde que éramos estudiantes, su madre ha sido para mí el modelo de mujer rusa con alma valiente. Siempre escribo de ella en mis libros, es decir, no propiamente de ella, sino en general, bueno, ya me entiende.
Bajando la voz y echando una ojeada a la puerta, le preguntó:
– ¿Alguna noticia de Dmitri?

Luego comenzaron a hablar de pintura, y los dos se ensañaron con Repin. Limónov se puso a hacer una tortilla en su cocinilla eléctrica, jactándose de ser el mejor especialista en tortillas de Rusia; tanto era así que el chef del Nacional había aprendido de él.
– Entonces, ¿qué tal? -preguntó ansioso mientras servía a Zhenia y, entre suspiros, añadió-: Lo confieso, me encanta comer.
¡Cómo persistía el peso de las impresiones experimentadas en las dependencias policiales! Al llegar a la habitación cálida de Limónov, llena de libros y revistas, donde enseguida se agregaron dos personas mayores perspicaces y amantes del arte, Zhenia no pudo arrancar a Grishin de su corazón helado.
Pero la gran fuerza de la conversación, libre e inteligente, hizo que Zhenia, al poco rato, se olvidara de Grishin y de los rostros de angustia de las personas en la cola. Parecía no existir nada más en la vida que las conversaciones sobre Rubliov, Picasso, la poesía de Ajmátova y Pasternak, las obras de Bulgákov…
Pero una vez salió a la calle se olvidó de las conversaciones inteligentes. Grishin, Grishin… En el piso nadie le preguntó si había logrado el permiso de residencia, ni le pidió que le enseñara el pasaporte con el sello estampado. Pero desde hacía varios días tenía la impresión de que la controlaba la mujer más anciana del apartamento, Glafira Dmítrievna, una mujer de nariz larga, siempre afable, vivaracha, de voz embelesadora e inmensamente falsa. Cada vez que se topaba con Glafira Dmítrievna y veía sus ojos oscuros, a un mismo tiempo zalameros y lúgubres, Zhenia se asustaba. Tenía la sospecha de que en su ausencia Glafira Dmítrievna, con una llave maestra, se colaba en su habitación, revolvía entre sus papeles, apuntaba sus declaraciones para la milicia, leía sus cartas.
Yevguenia Nikoláyevna se esforzaba por abrir la puerta sin hacer ruido, andaba de puntillas por el pasillo temiendo encontrársela. Esperaba que de un momento a otro le dijera: «¿Por qué transgrede la ley? Seré yo la que tenga que responder por ello».
A la mañana siguiente, Yevguenia Nikoláyevna entró en el despacho de Rizin y le contó la espera infructuosa en la oficina de pasaportes.
– Ayúdeme a conseguir un billete para el barco de Kazán, de lo contrario me enviarán a un yacimiento de turba por haber quebrantado la ley de pasaportes.
Ya no le pidió nada más sobre el certificado y en adelante se dirigió a él con tono sarcástico, airado.
Aquel hombre apuesto y fornido, de voz dulce, la miraba avergonzado por su propia debilidad. Ella sentía constantemente su mirada melancólica y tierna sobre su espalda, sus piernas, su cuello, su nuca; podría advertir aquella insistente mirada de admiración. Pero la fuerza de la ley que regía la circulación de documentos burocráticos, al parecer, no se podía tomar a la ligera.
Aquel día Rizin se acercó a Zhenia y en silencio le dejó sobre una hoja de dibujo el tan anhelado certificado.
Yevguenia también le miró en silencio y los ojos se le anegaron de lágrimas.
– Lo pedí a través de la sección secreta -dijo Rizin-. Pero sin demasiadas esperanzas y de repente recibí la autorización del superior.
Los colegas de Yevguenia la felicitaban, diciéndole: «Por fin se han terminado tus sufrimientos».
Fue a la comisaría. La gente de la cola la saludó, algunos la reconocieron, e incluso le preguntaron: «¿Cómo va…?». Otras voces le propusieron: «No haga cola, pase directamente, su asunto es de un minuto, ¿para qué va a estar esperando dos horas?».
La mesa del despacho y la caja fuerte pintada burdamente de marrón a imitación de madera ya no le parecían tan lúgubres ni burocráticas.
Grishin miró fijamente cómo los dedos apresurados de Zhenia depositaban ante él el papel requerido y asintió imperceptiblemente, satisfecho:
– Bien, entonces deje el pasaporte y los certificados y dentro de tres días vuelva en horario de oficina; podrá retirar sus documentos en recepción.
Su tono de voz era el de costumbre, pero a Zhenia le pareció que sus ojos claros le sonreían amistosamente.
De regreso a casa pensaba que Grishin se había revelado un ser humano como cualquier otro: había sonreído al hacer una buena acción. Resultó que no era un desalmado y comenzó a sentirse incómoda por todo lo malo que había pensado sobre el jefe de la sección de pasaportes.
Tres días más tarde una mano grande femenina con las uñas pintadas de esmalte rojo oscuro le alargó a través de la ventanilla el pasaporte con los papeles cuidadosamente doblados en su interior. Zhenia leyó la resolución escrita con caligrafía bien legible: «Permiso de residencia denegado por no tener relación con la habitación que ocupa».
– Hijo de perra -profirió en voz alta Zhenia sin lograr contenerse-. Te has estado divirtiendo a mi costa, torturador despiadado.
Gritaba agitando en el aire su pasaporte sin sello, volviéndose a la gente de la cola en busca de apoyo, pero vio que le daban la espalda. Por un momento se inflamó en ella un espíritu de insurrección, desesperación y rabia. Así gritaban las mujeres que habían enloquecido de desesperación en las colas de 1937, en espera de tener noticias sobre familiares condenados sin derecho a correspondencia, en la sala en penumbra de la cárcel de Butirka, en Matrósskaya Tishiná, en Sokólniki.
Un miliciano apostado en el pasillo cogió a Zhenia por el codo y la empujó hacia la puerta.
– ¡Déjeme, no me toque! -gritó y se zafó de la mano del miliciano, apartándole de un empujón.
– Ciudadana -le dijo con voz ronca-. Basta ya, le van a caer diez años.
Le pareció atisbar en los ojos del miliciano una chispa de compasión, de piedad.
Se dirigió rápidamente a la salida. Por la calle los transeúntes que caminaban empujándola tenían todos sus papeles en regla, sus permisos de residencia, sus cartillas de racionamiento…
[...]

sábado, 19 de septiembre de 2015

¿Y tú de quién eres?

Battle Royale
Koushun Takami
Primera parte: Empieza el juego. Capítulo 11

No sé los demás, pero lo que busco en una novela, aparte de, por supuesto, que sea una historia creíble y currada, es que profundice en las vidas de los personajes de manera que parezcan reales, como si de verdad tuvieran una vida en el mundo de los vivos. Como si tuvieran familia, ilusiones, infancia, amigos y decepciones. Eso ocurre en algunas ocasiones en Battle Royale, que cuenta con más de 42 personajes (obviamente no es posible narrar la vida de todos sin producir menos de 700 páginas). ¿Y qué historia me llama más la atención? Por supuesto, la rara. La del malo malísimo, Kazuo Kiriyama. Aunque las vidas de "los buenos" son muy insulsas con sólo dos excepciones.


El recuerdo que Mitsuru tenía de su primer encuentro con Kazuo Kiriyama era tan vívido que había permanecido imborrable en su memoria.
Mitsuru había sido un matón incluso desde la escuela, en primaria [...] Así que simplemente fue inevitable, en su primer día en el instituto, que hiciera todo lo posible por eliminar a la competencia procedente de otras escuelas del distrito. [...]
En el pasillo vacío, junto al aula de arte, Mitsuru agarró al muchacho por la solapa y lo aplastó contra la pared. El crío ya tenía amoratado un ojo. Y tenía los ojos anegados en lágrimas. Era pan comido. Bastaría con dos puñetazos.
[...]
Soltó al muchacho y se dio la vuelta. El crío cayó al suelo y salió pitando, pero no había ninguna posibilidad de que Mitsuru pudiera ir tras él.
Estaba rodeado de cuatro tíos, todos ellos mucho más altos que él. Las insignias en sus cuellos indicaban claramente que eran estudiantes de tercer año. Uno podía imaginarse fácilmente lo que eran. Eran lo mismo que él.
[...]
Y para colmo, él mismo había sido el que había escogido adrede un lugar aislado para intimidar a su compañero de clase. No había ninguna posibilidad de que algún profesor pasara por allí.
Le pisaron la muñeca derecha contra el suelo. Uno de ellos le cogió el dedo índice con cuidado y se lo echó hacia atrás, y lo presionó bajo su zapato de piel. Por primera vez en su vida, Mitsuru experimentó el verdadero miedo.
«No… no puede ser…»
Sí podía ser. La suela del zapato presionó el dedo de Mitsuru al mismo tiempo que se oía un horrible crujido. Mitsuru chilló como un cerdo. Nunca había sentido un dolor tan espantoso. Ellos se seguían riendo: «¡Ji, ji, ji…!»
[...]
Sin una pizca de orgullo, Mitsuru comenzó a pedir clemencia, pero ellos ignoraron sus súplicas. Sintió la suela del zapato otra vez, y oyó el crujido del hueso. Su dedo corazón ya estaba destrozado. Mitsuru volvió a gritar.
—Venga, uno más.
Y entonces fue cuando ocurrió.
La puerta de la clase de arte se abrió de repente.
—¿Podéis estaros quietos? —dijo aquella voz tranquila. 
Por un momento, Mitsuru se preguntó si sería un profesor.
Pero un profesor habría intervenido mucho antes y, además, una petición para estarse quietos… era un poco rara.
Con la espalda todavía aplastada contra el suelo, Mitsuru levantó la mirada hacia la puerta.
Aquel tío no era demasiado grande, pero tenía un aspecto increíblemente elegante. Llevaba en la mano un pincel.
Lo había visto en la clase de presentación. Era uno de los compañeros de Mitsuru. Al parecer, su familia se había trasladado poco antes a la ciudad. Nadie sabía quién era, pero como era callado y aparentemente formal, Mitsuru no le había prestado demasiada atención. Dado el refinamiento de su apariencia, probablemente era de una buena familia. Un tipo como aquel probablemente haría todo lo posible por evitar las peleas, así que no había nada de qué preocuparse.
Pero ¿qué estaba haciendo en el aula de arte? Pintando, seguro, pero ¿no era un poco raro ponerse a pintar el primer día de clase?
El muchacho de las espinillas [...] le dio un manotazo y le arrebató el pincel de la mano al chico; la pintura azul del pincel salpicó el suelo.
El chico miró al de las espinillas lentamente, de arriba abajo.
Lo demás necesita poca explicación. El chico bajito les dio una paliza a los cuatro estudiantes de tercer año (todos acabaron por el suelo, semiinconscientes y doloridos).
El chico se acercó a Mitsuru. Después de mirarlo por encima, únicamente dijo:
—Deberías ir a un hospital para que te vieran esa mano. 
Y luego volvió al aula.
[...]
Mitsuru había intentado sonsacarle luego diciéndole que debía de haber sido todo un personaje en la primaria, pero Kazuo solo lo negó. Entonces… ¿era campeón de judo o algo? Kazuo también dijo que no. Mitsuru se enteró más adelante de otra cosa muy rara, y era que, el día que se habían conocido, Kazuo se había metido en el aula de arte para pintar. Cuando Mitsuru le preguntó por qué había hecho aquello, Kazuo solo contestó: «Me apetecía». [...]
Kazuo siempre parecía tranquilo. [...]
Sin embargo, Kazuo no solo era muy fuerte. Era extremadamente inteligente. Con una aparente sencillez, sobresalía en todo. Cuando asaltaron la tienda de licores, fue Kazuo quien diseñó aquel plan tan brillante. Kazuo libró a Mitsuru de numerosos embrollos en los que se había metido (desde que se pegó a Kazuo, la policía no había vuelto a arrestarlo). Además, se suponía que su padre era el presidente de una importante empresa de la prefectura… no, de toda la región de Chugoku y Shikoku. No tenía miedo de nada. [...]
Mitsuru lo convirtió en el líder de su banda, que continuaba metiéndose en líos. Mitsuru solo se preguntó una vez si era justo enredar en aquello a Kazuo. Este prohibió estrictamente a Mitsuru y a los otros que se acercaran siquiera a su casa (en realidad era una mansión, y nunca lo dijo así, pero eso era lo que daba a entender), así que Mitsuru nunca tuvo ocasión de saber si los padres de Kazuo eran conscientes de las actividades en las que andaba su hijo. Se preocupaba porque tal vez la banda podía ser una mala influencia para Kazuo, que obviamente era un muchacho muy bien educado. Después de pensárselo mucho, Mitsuru al final compartió sus preocupaciones con Kazuo.
Pero Kazuo solo le respondió: «No me importa. Es divertido». Así que Mitsuru decidió que, si al propio Kazuo no le importaba, pues estaba bien.
[...]
Con todo, había una única cosa que había incomodado a Mitsuru desde el principio. Él pensaba que no tenía la menor importancia, así que había hecho todo lo posible por ignorarlo todo ese tiempo: Kazuo Kiriyama nunca sonreía.
Y luego había un pensamiento de Mitsuru que seguramente tenía visos de realidad. «Parece como si siempre tuviera muchas cosas en la cabeza, y seguramente será así. Pero a lo mejor hay algo increíblemente siniestro tramándose en la mente de Kazuo, algo tan siniestro que está más allá de mi imaginación… A lo mejor ni siquiera es nada siniestro. A lo mejor es solo ensimismamiento, una especie de agujero negro…»
[...]
[Kazuo] Quitó de allí la mano y se tocó la sien izquierda… para ser más precisos, un poco por debajo de la sien. Cualquiera habría dicho que estaba simplemente alisándose el pelo.
Pero no. Lo hizo porque tenía una extraña sensación… no era dolor ni un picor, sino algo raro e infrecuente que le ocurría solo un par de veces al año. El acto reflejo de tocarse allí, junto con aquella extraña sensación, ya se había convertido en algo familiar para Kazuo.
Sus padres le habían proporcionado una educación muy esmerada. Pero, a pesar de aprender todo lo que tenía que saber sobre el mundo a su temprana edad, el propio Kazuo no tenía ni idea de lo que le causaba aquella sensación. Era inevitable. Cualquier sospecha de daño cerebral había desaparecido completamente para cuando adquirió suficiente edad para reconocerse en un espejo. En otras palabras, no sabía nada respecto a lo que le causaba aquella extraña sensación. Kazuo no era consciente del hecho de que casi había muerto en un espantoso accidente automovilístico cuando todavía estaba en el seno materno ni sabía que su madre había muerto en el accidente. Por supuesto, Kazuo tampoco sabía nada de la conversación que su padrastro y un famosísimo y reputadísimo médico habían mantenido respecto a una esquirla que se había incrustado en su cerebro justo antes de nacer, ni del hecho de que ni su padre ni el doctor que presumía de que la operación había sido un éxito supieran que la esquirla había seccionado un grupo de células nerviosas muy delicadas. Todos aquellos sucesos pertenecían a otro tiempo. El médico murió de un fallo hepático y su padre, o más precisamente su padre real, también murió por complicaciones causadas tras el accidente. Así que no había nadie que pudiera contarle esos detalles a Kazuo.
Una cosa era absolutamente cierta: o lo era al menos para Kazuo. Aunque no pudiera darse cuenta especialmente, o más apropiadamente, quizá porque era incapaz de llegar a esa conclusión, eso era lo que le ocurría: Kazuo Kiriyama no sentía nada. Ni culpabilidad, ni pena ni compasión [...] y desde el mismo día en que vino a este mundo era así, nunca había sentido ni la más mínima emoción.