lunes, 12 de octubre de 2015

Si la envidia fuera tiña II

Las cruzadas vistas por los árabes
Amin Maalouf
Epílogo

Lo único que tengo que decir de este texto es que tuve que leer este libro hace poco para la carrera y que, gracias a este epílogo, entiendo que las cosas no son ni tan sencillas ni tan complejas como muchas veces creemos por ignorar ciertas cosas que no están en los libros.

En apariencia, el mundo árabe acababa de conseguir una brillante victoria. Si
Occidente pretendía, con sus sucesivas invasiones, contener el empuje del Islam, el
resultado fue precisamente el contrario. Los musulmanes no sólo habían arrancado de
raíz los Estados francos de Oriente tras dos siglos de colonización, sino que, además, se
habían recuperado tan bien que se aprestaban a lanzarse de nuevo, bajo el estandarte
de los turcos otomanos, a la conquista de la propia Europa. En 1453, Constantinopla
caía en sus manos; en 1529, sus jinetes estaban acampados ante las murallas de Viena.
Decíamos que se trataba de una simple apariencia, pues desde la perspectiva
histórica se comprueba que en la época de las cruzadas, el mundo árabe, desde España
hasta Irak, es aún, intelectual y materialmente, el depositario de la civilización más
avanzada del planeta. Después, el centro del mundo se desplaza de forma decidida
hacia el oeste. ¿Se da aquí una relación de causa a efecto? ¿Puede llegarse a afirmar que
las cruzadas dieron la señal para el auge de Europa occidental —que iba a dominar el
mundo de forma progresiva— y fueron el toque de difuntos de la civilización árabe?
Esta opinión no es falsa, pero hay que matizarla. Los árabes padecían, desde antes
de las cruzadas, determinadas «taras» que la presencia franca desveló y quizá agravó,
pero que no creó de la nada.
El pueblo del Profeta había perdido, ya desde el siglo IX, el control de su destino.
Prácticamente todos sus dirigentes eran extranjeros. ¿Quiénes eran árabes entre esa
muchedumbre de personajes que hemos visto desfilar a lo largo de dos siglos de
ocupación franca? Los cronistas, los cadíes, algunos reyezuelos locales —Ibn Amar, Ibn
Muqidh— y los inútiles califas. Pero los depositarios reales del poder e incluso los
principales héroes de la lucha contra los frany —Zangi, Nur al‐Din, Qutuz, Baybars,
Qalaun— eran turcos; al‐Afdal era armenio; Shirkuh, Saladino, al‐Adel, al‐Kamel eran
kurdos. Cierto es que la mayor parte de esos hombres de Estado eran árabes cultural y
efectivamente, pero no olvidemos que hemos visto en 1134 al sultán Masud discutir
con el califa al‐Mustarshid utilizando un intérprete porque el selyúcida, transcurridos
ochenta años desde la toma de Bagdad por su clan, seguía sin hablar una palabra de
árabe. Lo que es más grave aún: gran número de guerreros de las estepas, sin ningún
vínculo con las civilizaciones árabes o mediterráneas, se iban integrando de forma
regular en la casta militar dirigente. Dominados, oprimidos, despreciados, extraños en
su propia tierra, los árabes no podían proseguir su florecimiento cultural que había
comenzado en el siglo VII. Cuando llegan los frany, ya han dejado de progresar y se
conforman con vivir de las rentas del pasado, y, aunque es cierto que todavía iban
claramente por delante de esos invasores en casi todos los aspectos, ya había
empezado su ocaso.
La segunda «tara» de los árabes, que no deja de tener relación con la primera,
consiste en su incapacidad para crear instituciones estables. Los frany consiguieron
crear, nada más llegar a Oriente, verdaderos Estados. En Jerusalén, generalmente la
sucesión se producía sin tropiezos; un consejo del reino ejercía un control efectivo en la
política del monarca y el clero desempeñaba un papel reconocido en el juego del
poder. En los Estados musulmanes no sucede nada de esto, toda monarquía estaba
amenazada a la muerte del monarca, toda transmisión del poder provocaba una guerra
civil. ¿Hay que echarle toda la culpa de este fenómeno a las sucesivas invasiones que
volvían a cuestionar constantemente la propia existencia de los Estados? ¿Hay que
responsabilizar de ello a los orígenes nómadas de los pueblos que dominaron esta
región, se trate de los propios árabes, de los turcos o de los mogoles? En este epílogo
no se puede zanjar tal cuestión. Contentémonos con dejar sentado que se sigue
planteando, en términos casi iguales, en el mundo árabe de finales del siglo XX.
La ausencia de instituciones estables y reconocidas no podía dejar de tener
consecuencias en lo tocante a las libertades. Entre los occidentales, el poder de los
monarcas se rige, en la época de las cruzadas, por principios que es difícil vulnerar.
Usama hace la observación, durante una visita al reino de Jerusalén, de que «cuando
los caballeros dictan una sentencia, el rey no puede modificarla ni anularla.» Aún más
significativo es el siguiente testimonio de Ibn Yubayr en los últimos días de su viaje a
Oriente:

"Al salir de Tibnin (cerca de Tiro), hemos cruzado una ininterrumpida serie de
casas de labor y de aldeas con tierras eficazmente explotadas. Sus habitantes son
todos ellos musulmanes pero viven con bienestar entre los frany ¡Dios nos libre
de las tentaciones! Sus viviendas les pertenecen y les han dejado todos sus
bienes. Todas las regiones controladas por los frany en Siria se ven sometidas a
este mismo régimen: las propiedades rurales, aldeas y casas de labor han
quedado en manos de los musulmanes. Ahora bien, la duda penetra en el
corazón de gran número de estos hombres cuando comparan su suerte con la de
sus hermanos que viven en territorio musulmán. Estos últimos padecen la
injusticia de sus correligionarios mientras que los frany actúan con equidad".

Hace bien en preocuparse Ibn Yubayr, pues acaba de descubrir, en los caminos del
actual sur del Líbano, una realidad preñada de consecuencias: aun cuando el concepto
de la justicia entre los frany presente algunos aspectos que podrían calificarse de
«bárbaros», como destaca Usama, su sociedad tiene la ventaja de ser «distribuidora de
derechos». Es cierto que aún no existe la noción de ciudadano, pero los feudales, los
caballeros, el clero, la universidad, los burgueses e incluso los campesinos infieles
tienen todos unos derechos claramente establecidos. En el Oriente árabe, el
procedimiento de los tribunales es más racional; sin embargo, no existe límite alguno
para el poder arbitrario del príncipe. Ello sólo podía suponer un retraso para el
desarrollo de las ciudades comerciales así como para la evolución de las ideas.
La reacción de Ibn Yubayr merece incluso un examen más atento. Aunque tiene la
honradez de reconocer las cualidades del «enemigo maldito», se deshace luego en
imprecaciones, estimando que la equidad de los frany y su buena administración
constituyen un peligro mortal para los musulmanes. ¿Acaso éstos no corren el riesgo
de dar la espalda a sus correligionarios —y a su religión— si hallan el bienestar en la
sociedad franca? Por comprensible que sea, la actitud del viajero no deja de ser
sintomática de un mal que padecen sus hermanos: durante todas las cruzadas, los
árabes se negaron a abrirse a las ideas llegadas de Occidente. Y, probablemente, éste es
el efecto más desastroso de las agresiones de que fueron víctimas. Para el invasor
aprender la lengua del pueblo conquistado constituye una habilidad: para este último,
aprender la lengua del conquistador supone un compromiso, incluso una traición. De
hecho, muchos frany aprendieron el árabe mientras que los indígenas, salvo algunos
cristianos, permanecieron impermeables a los idiomas de los occidentales.
Se podrían multiplicar los ejemplos pues, en todos los terrenos, los frany han
aprendido de los árabes, tanto en Siria como en España o en Sicilia. Y lo que de ellos
aprendieron era indispensable para su ulterior expansión. Si se transmitió la herencia
de la civilización griega a Europa occidental fue a través de los árabes, traductores y
continuadores. En medicina, astronomía, química, geografía, matemáticas y
arquitectura, los frany adquirieron sus conocimientos en los libros árabes que
asimilaron, imitaron y luego superaron. ¡Cuántas palabras dan aún testimonio de ello:
cénit, nadir, acimut, álgebra, algoritmo o, sencillamente, «cifra»! En lo tocante a la
industria, los europeos tomaron, antes de mejorarlos, los procedimientos que
utilizaban los árabes para fabricar papel, trabajar el cuero y los tejidos, destilar el
alcohol y el azúcar —otras dos palabras tomadas del árabe. Tampoco se puede olvidar
hasta qué punto se ha enriquecido también la agricultura europea en contacto con
Oriente: albaricoques, berenjenas, escaloñas, naranjas, sandías... La lista de palabras
«árabes» es interminable.
Mientras que, para Europa occidental, la época de las cruzadas era el comienzo de
una verdadera revolución, a la vez económica y cultural, en Oriente estas guerras
santas iban a desembocar en largos siglos de decadencia y oscurantismo. Asediado por
doquier, el mundo musulmán se encierra en sí mismo, se ha vuelto friolero, defensivo,
intolerante, estéril, otras tantas actitudes que se agravan a medida que prosigue la
evolución del planeta de la que se siente al margen. A partir de entonces, el progreso
será algo ajeno, al igual que el modernismo. ¿Era necesario afirmar la propia identidad
cultural y religiosa rechazando ese modernismo cuyo símbolo era Occidente? ¿Era
necesario, por el contrario, emprender resueltamente el camino de la modernización
corriendo el riesgo de perder la propia identidad? Ni Irán ni Turquía ni el mundo
árabe han conseguido resolver este dilema; por ello seguimos asistiendo hoy en día a
una alternancia con frecuencia brutal entre fases de occidentalización forzada y fases
de integrismo a ultranza fuertemente xenófobo.
El mundo árabe, fascinado y a la vez espantado por esos frany a los que ha conocido
cuando eran unos bárbaros, a los que ha vencido, pero que, después, han conseguido
dominar la tierra, no puede decidirse a considerar las cruzadas como un simple
episodio de un pasado que no volverá. Con frecuencia sorprende descubrir hasta qué
punto la actitud de los árabes, y de los musulmanes en general, respecto a Occidente
sigue, incluso hoy, bajo la influencia de los acontecimientos que se supone terminaron
hace siete siglos.
Ahora bien, en vísperas del tercer milenio, los responsables religiosos y políticos del
mundo árabe se remiten constantemente a Saladino, a la caída de Jerusalén y a su
reconquista. Se asimila a Israel, tanto de forma popular como en algunos discursos
oficiales, a un nuevo Estado de cruzados. De las tres divisiones del Ejército de
Liberación Palestina, uno lleva el nombre de Hattina y otra el de Ain Yalut. Al
presidente Nasser, en sus tiempos de gloria, lo comparaban de manera habitual con
Saladino que, como él, había reunido Siria y Egipto —¡e incluso Yemen!—. En cuanto a
la expedición de Suez de 1956 se vivió, al igual que la de 1191, como una cruzada
dirigida por franceses e ingleses.
Cierto es que los parecidos llaman la atención. ¿Cómo no pensar en el presidente
Sadat al escuchar a Sibt Ibn al‐Yawzi denunciar ante el pueblo de Damasco la
«traición» del señor de El Cairo, al‐Kamel, que osó reconocer la soberanía del enemigo
sobre la Ciudad Santa? ¿Cómo distinguir el pasado del presente cuando se considera la
lucha entre Damasco y Jerusalén por el control del Golán o de la Bekaa? ¿Cómo no
quedarse pensativo al leer las reflexiones de Usama acerca de la superioridad militar
de los invasores?
En un mundo musulmán víctima de perpetuas agresiones, no se puede impedir que
salga a flote un sentimiento de persecución que adquiere, en algunos fanáticos, la
forma de una peligrosa obsesión: ¿acaso no vimos al turco Mehemet Ali Agka disparar
al papa el 13 de mayo de 1981 tras haber explicado en una carta: He decidido matar a
Juan Pablo II, comandante supremo de los cruzados? Más allá del hecho individual,
está claro que el Oriente árabe sigue viendo en Occidente un enemigo natural.
Cualquier acto hostil contra él, sea político, militar o relacionado con el petróleo, no es
más que una legítima revancha; y no cabe duda de que la quiebra entre estos dos
mundos viene de la época de las cruzadas, que aún hoy los árabes consideran una
violación.

jueves, 1 de octubre de 2015

Ahora me ves, ahora no me ves

Battle Royale
Koushun Takami
Segunda parte: etapa intermedia. Capítulos 44-45.

Para entender este texto, es necesario conocer "las reglas del juego" básicas del argumento, que aparecen en el enlace a continuación:

https://es.wikipedia.org/wiki/Battle_Royale_(pel%C3%ADcula) Puntos 1, 2 y 2.1.

En este apartado aparece la muerte de un personaje, aunque no es relevante en el libro y en la película esta secuencia ni siquiera aparece, así que hay poco riesgo en el primer caso e inexistente en el segundo de destripar ningún final o capítulo o escena importante. Yo ya lo he avisado.


[...]
Sho Tsukioka (el estudiante número 14) [...] empezó a seguir al «jefe», que se alejaba de la sanguinaria escena, Sho ya había decidido cómo procedería.
Para ayudar a Sho en su táctica, el candidato principal era indudablemente Kazuo Kiriyama. [...] Había decidido afrontar el juego, estaba seguro de que su plan era la mejor opción. Además, Kazuo no sólo llevaba una ametralladora (¿era el arma que le había correspondido o pertenecía a uno de los tres estudiantes que había matado?), sino también la pistola de Mitsuru. En estos momentos, nadie podía vencer a Kazuo en una confrontación directa.
No obstante, Sho tenía una ventaja: una cosa en la que sabía que era muy bueno. Tenía un talento natural para introducirse de incógnito en los sitios y robar cuando nadie estaba mirando, y también era muy bueno siguiendo a la gente sin que lo notaran. Un talento natural para ser un rastrero en todos los aspectos —«¿Qué quieres decir con “rastrero”? ¿Cómo te atreves?»—. Y por lo que respecta al arma que había encontrado en su mochila, era una Derringer del 22 Double High Standard. Los cartuchos eran mágnum, letales a corta distancia, pero no era el arma ideal para un tiroteo.
«Bueno —pensó Sho—, aunque Kazuo Kiriyama vaya a salir victorioso de esto, tendrá que vérselas con tipos como Shogo Kawada y Shinji Mimura… [...] Si ellos también tienen pistolas, probablemente acabarán hiriéndolo. Y tanto combate acabará agotándolo.
»Entonces, simplemente tendré que seguirlo hasta que palme. Y justo entonces podré dispararle por la espalda. En el momento en que piense que ha acabado con el último, bajará la guardia y entonces será cuando yo le dispare, Kazuo para nada sospechará que hay alguien que le está pisando los talones [...] Sho no se tendría que manchar las manos en aquel juego en el que uno tenía que matar a sus compañeros de clase uno por uno. No era que sintiera fuertes objeciones morales por el hecho de matarlos, era sólo que pensaba: «No quiero matar a chicos inocentes… ¡Es tan vulgar! Kazuo me va a hacer el trabajo. Yo sólo tengo que quedarme detrás de él. Puede que mate a alguien delante de mí, pero no es previsible que yo intervenga. Sería demasiado peligroso. Y así, al final, lo mataré en defensa propia. Es decir, que si yo no acabo con él, él me matará a mí…» Ése era el curso de sus pensamientos.
Había otra ventaja en el hecho de seguir a Kazuo. Si se quedaba cerca de él, no tendría que preocuparse mucho por que lo atacaran. Y en el desdichado caso de que así fuera, siempre que eludiera la primera agresión, el que respondería a la violencia sería Kazuo. Lo único que tendría que hacer Sho sería salir huyendo de la escena y Kazuo se ocuparía del resto. Por supuesto, eso también podría significar que le perdería el rastro y desbarataría su plan, así que quería evitar ese escenario si estaba en su mano.
Decidió mantener una distancia fija en torno a los veinte metros por detrás de Kazuo. Avanzaría cuando lo hiciera Kazuo y se pararía cuando se detuviera. También estaba el asunto de las zonas prohibidas. Kazuo también debía considerarlas, así que probablemente se mantendría bien alejado de ellas. Mientras Sho mantuviera las distancias, estaría a salvo de entrar en dichas áreas. Cuando Kazuo se detuviera, comprobaría el mapa para asegurarse de que no se encontraba en una zona prohibida.
Todo estaba saliendo según su plan.
Kazuo abandonó el cabo sur de la isla y, después de entrar en varias casas de la zona residencial (encontrando probablemente lo que anduviera buscando), decidió encaminarse hacia las montañas del norte por alguna razón y luego se detuvo. Por la mañana, cuando oyó unos disparos lejanos, decidió no actuar, tal vez porque se encontraban muy lejos. [...]
Luego, justo antes de las tres de la tarde, Kazuo empezó a avanzar tras oír un tiroteo en aquella parte de la montaña. [...]
El plan de Kazuo parecía sencillo, al menos de momento. Una vez que sabía dónde se encontraba alguien, iba y disparaba. [...] De momento podía estar contento: Kazuo ni se había enterado de su presencia.
Kazuo parecía estar descansando apaciblemente. Puede que estuviera durmiendo.
[...]
Lo que resultaba un verdadero contratiempo, por otra parte, era que Sho era un fumador compulsivo. El olor del humo del cigarro, dependiendo de la dirección del viento, podría darle una pista a Kazuo. No, el ruidillo de su encendedor eléctrico al prender podría ser incluso peor y fatal.
Sho sacó su paquete de Virginia Slim importado con sabor mentolado —le gustaba el nombre, aunque por supuesto era dificilísimo conseguirlos en el país, pero había lugares donde los vendían y lo único que tenía que hacer era robarlos; tenía montones de cajetillas en su habitación— y se colocó con mucho cuidado uno de aquellos finos cigarrillos entre los labios. Captó una levísima vaharada de aquel olor a tabaco y aquel perfume único a mentol y sintió cierto alivio de su síndrome de abstinencia. Necesitaba llenarse los pulmones de humo…, pero de algún modo consiguió reprimir el ansia.
[...]
Por el rabillo del ojo vio que unos arbustos se agitaban levemente.
Sho se quitó rápidamente el cigarrillo de la boca y se lo metió en el bolsillo, junto con el espejo. Luego agarró la Derringer y cogió la mochila con la otra mano.
La cabeza de Kazuo Kiriyama, con el pelo repeinado hacia atrás, apareció entre unos arbustos. Miró a su izquierda y a su derecha, y luego hacia el norte…, justo a la izquierda de donde se encontraba Sho, hacia la loma.
A la sombra de una azalea repleta de flores rosas, Sho levantó la ceja levemente.
«¿Qué demonios está haciendo?»
No había oído ningún disparo. Ningún ruido extraño en absoluto. ¿Había pasado algo por allí? 
Sho miró por todas partes, pero no vio movimiento alguno.
Kazuo al final salió de los arbustos. Llevaba la mochila colgando de un hombro y la ametralladora del otro, con la mano apoyada en la culata. Comenzó a ascender la loma, zigzagueando entre los árboles. Rápidamente alcanzó la altura de Sho y luego siguió subiendo. Entonces, Sho se incorporó y comenzó a seguirlo.
A pesar de su altura (medía 1,77), Sho se movía con destreza, como un gato. Con sumo cuidado, se mantenía a unos veinte metros por detrás del negro abrigo escolar de Kazuo, que se distinguía de tanto en tanto entre los árboles. La confianza de Sho en sí mismo estaba justificada cuando se trataba de cumplir con la tarea de seguir a alguien.
Los movimientos de Kazuo también eran precisos y rápidos. Se detenía a la sombra de un árbol, comprobaba la zona y donde la vegetación se espesaba, se ponía de rodillas y escudriñaba la zona a ras de suelo antes de avanzar. El único problema era…
«Que estás dejando descubierta la espalda, Kazuo».
Debían de haber cubierto unos cien metros. La plataforma de vigilancia estaba arriba a la izquierda. Kazuo se detuvo allí.
Las masas de árboles frente a él se interrumpían por un camino estrecho y sin pavimentar. Tenía menos de dos metros de anchura, justo lo suficiente como para que pasara un vehículo.
[...]
A la derecha de Kazuo, hacia donde estaba mirando, había un sitio con un banco y un aseo portátil de color marrón. A lo mejor era un área de descanso para los senderistas que subían la montaña. Kazuo oteó la zona y luego se volvió hacia donde estaba Sho, pero éste naturalmente ya se había escondido. Kazuo se adelantó al camino y corrió hacia el aseo portátil. Abrió la puerta y entró. Asomó la cabeza y miró fuera otra vez antes de cerrar la puerta. La dejó entreabierta, tal vez por si acaso se veía obligado a escapar si ocurría algo.
«Ay, Dios mío…» Sho se llevó la mano a los labios. «Ay, Dios mío». Sho permaneció agachado, intentando con todas sus fuerzas no estallar en carcajadas.
Era cierto, desde que Sho había comenzado a seguirlo, Kazuo no había ido al baño ni una sola vez. Podía haberlo utilizado en alguna de las casas en las que había entrado antes de amanecer, pero en cualquier caso, sería imposible aguantar todo un día entero [...] Después de todo, Kazuo Kiriyama procedía de una familia acaudalada. Tal vez ni se había planteado la idea de hacerlo en cualquier otro sitio que no fuera un baño. Debió de recordar que había visto aquel baño portátil cuando pasaron por allí un rato antes. Por eso había regresado.
[...]
Entonces recordó algo y agitó la muñeca para ver bien el reloj. Estaban cerca del sector D-8, que Sakamochi había anunciado que se convertiría en zona prohibida a las cinco de la tarde.
Las manecillas que recorrían aquella esfera sobre unos elegantes números romanos de aquel reloj de mujer indicaban que eran las 4:57 (había ajustado su reloj con el comunicado de Sakamochi, así que estaba seguro de que era esa hora). Sho sacó el mapa y examinó la zona de la montaña norte. El camino de la montaña solo estaba marcado por una línea de puntos en el mapa, y el resto de aquel lugar y el aseo público no estaba señalado ni dentro ni fuera de la zona que delimitaba la cuadrícula D-8.
De repente, Sho se puso tenso e inconscientemente se llevó la mano a su collar metálico. De golpe, sintió la necesidad imperiosa de volver por donde había venido, pero…
[...]
«Bueno, al fin y al cabo, estamos hablando de Kazuo Kiriyama. Aun haciendo caso a la llamada de la naturaleza, seguro que había tenido en cuenta su posición. La razón por la que ha mirado a todos lados con tanta precaución antes de salir de los arbustos donde estaba escondido era para determinar si el baño estaba en D-8 o no». Y la posición de Sho era aproximadamente de unos treinta metros al oeste del aseo portátil. Kazuo estaba más cerca de la zona prohibida que él, así que el hecho de que estuviera allí, en otras palabras, significaba que él también estaba a salvo. No debía perder de vista a Kazuo sólo por un miedo irracional. Eso desbarataría totalmente su plan.
Así que sacó el Virginia Slim que había cogido un rato antes y se lo puso entre los labios. Luego miró al cielo, que se iba oscureciendo poco a poco. En esa época del año, todavía quedaban un par de horas antes de la puesta de sol, pero el cielo, que se iba oscureciendo, estaba ya tiñéndose de naranja por el oeste, y eran escasos los jirones de diminutas nubes que habían adquirido un tono anaranjado brillante.
[...]
Aún continuaba.
«Ay, por Dios, a ver si acaba ya. Termina de una vez, vamos, y ponte a trabajar, hombre». 
Pero no paraba.
Y fue entonces cuando Sho al final frunció el ceño. Se quitó el cigarrillo de la boca y se levantó. Se aproximó al aseo con premura, avanzando entre los arbustos, y entrecerró los ojos.
[...] Y la puerta estaba entreabierta.
Justo entonces hubo un golpe de viento y se abrió la puerta con un chirrido. Qué momento tan oportuno.
Sho abrió los ojos como platos, atónito.
En el interior del aseo había una botella de agua, de las que les había proporcionado el Gobierno, colgando del techo y balanceándose con el viento. Kazuo probablemente la había pinchado con una navaja porque de allí salía un diminuto chorrillo de agua que salpicaba por todas partes, mecida por el viento.
Sho se sintió aterrado.
Entonces vio la parte de atrás de un abrigo escolar allá abajo, zigzagueando entre los árboles. Vio aquel inequívoco peinado hacia atrás, reconocible incluso desde tan lejos y por la espalda.
«Pe… pero… ¿qu… qué? ¿Kazuo? Pero entonces… eh… pero entonces estoy…»
Mientras Kazuo desaparecía entre la maleza, Sho oyó un zumbido. Le recordó el sonido de un silenciador o de un disparo amortiguado con una almohada. Le fue imposible decir si el estallido procedió de la bomba que el Gobierno había instalado en el collar o de la vibración que se produjo por todo su cuerpo.
Alrededor de cien metros abajo, Kazuo Kiriyama ni siquiera miró a su espalda cuando le echó un vistazo a su reloj.
Siete segundos pasaban de las cinco.
[...]
Aquel muchacho, tan grande y de aspecto tan tosco, que actuaba de aquel modo tan extraño y afeminado, Zuki, del clan Kiriyama, había sido cazado en una zona prohibida.
[...]

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Cinco minutitos más

Una historia de amor y oscuridad
Amos Oz
Capítulo 28

Me sentía tentada desde hace tiempo a escribir esta entrada, pero luego siempre se me olvidaba.
Este libro lo leí casi por completo en los pasillos de la facultad mientras esperaba a que llegaran los pocos compañeros que se molestaban en madrugar tanto como yo y este pasaje va precisamente de eso, de madrugar, de recordar esa sensación de no querer levantarte de la cama cuando aún es de noche.

[...]
Mi padre se levantaba siempre muy temprano, una hora u hora y media antes que mi madre y que yo: a las cinco y media de la mañana estaba ya frente al espejo del cuarto de baño, removiendo y espesando con una brocha la nieve que tenía en las mejillas, afeitándose y cantando en voz baja canciones patrióticas con unos gorgoritos que ponían los pelos de punta. Después de afeitarse se tomaba un vaso de té en la cocina y leía el periódico. En la temporada de los cítricos, cada mañana exprimía unas naranjas con un pequeño exprimidor manual y nos llevaba a mi madre y a mí un zumo de naranja a la cama. Y, como la temporada de los cítricos cae en invierno y en aquella época se creía que las bebidas frías en días fríos provocaban resfriados, mi solícito padre encendía el infiernillo antes de hacer el zumo, ponía encima una cacerola con agua y, cuando el agua estaba a punto de hervir, metía con cuidado los dos vasos de zumo en la cacerola del agua caliente y removía bien con una cuchara para que el zumo que estaba cerca del cristal no estuviera más caliente que el zumo del centro del vaso. Y así, afeitado, vestido y encorbatado, con el delantal de cuadros de mamá atado a la cintura encima de su traje barato, iba a  despertar a mi madre (a [la habitación de]
la  biblioteca) y a mí (al cuarto del final del pasillo) y nos daba a cada uno un vaso de zumo de naranja tibio. Mientras yo me tomaba ese zumo templado como si fuese medicina, mi padre permanecía a mi lado, con el delantal de cuadros, la discreta corbata y el traje gastado por los codos, esperando a que le devolviese el vaso vacío. Mientras yo me tomaba el zumo, mi padre pensaba qué decir: siempre se sentía culpable de cada silencio. Por eso bromeaba conmigo a su manera, sin ninguna gracia: "Hijito,/ tómate el zumito,/ yo esperaré/ y no te apremiaré".
O: "Si cada día te tomas un vaso templado/ crecerás y serás un valiente soldado".
O también: "Cada sorbo dado/ reconstituye el alma y el cuerpo cansado".
[...]

sábado, 19 de septiembre de 2015

¿Y tú de quién eres?

Battle Royale
Koushun Takami
Primera parte: Empieza el juego. Capítulo 11

No sé los demás, pero lo que busco en una novela, aparte de, por supuesto, que sea una historia creíble y currada, es que profundice en las vidas de los personajes de manera que parezcan reales, como si de verdad tuvieran una vida en el mundo de los vivos. Como si tuvieran familia, ilusiones, infancia, amigos y decepciones. Eso ocurre en algunas ocasiones en Battle Royale, que cuenta con más de 42 personajes (obviamente no es posible narrar la vida de todos sin producir menos de 700 páginas). ¿Y qué historia me llama más la atención? Por supuesto, la rara. La del malo malísimo, Kazuo Kiriyama. Aunque las vidas de "los buenos" son muy insulsas con sólo dos excepciones.


El recuerdo que Mitsuru tenía de su primer encuentro con Kazuo Kiriyama era tan vívido que había permanecido imborrable en su memoria.
Mitsuru había sido un matón incluso desde la escuela, en primaria [...] Así que simplemente fue inevitable, en su primer día en el instituto, que hiciera todo lo posible por eliminar a la competencia procedente de otras escuelas del distrito. [...]
En el pasillo vacío, junto al aula de arte, Mitsuru agarró al muchacho por la solapa y lo aplastó contra la pared. El crío ya tenía amoratado un ojo. Y tenía los ojos anegados en lágrimas. Era pan comido. Bastaría con dos puñetazos.
[...]
Soltó al muchacho y se dio la vuelta. El crío cayó al suelo y salió pitando, pero no había ninguna posibilidad de que Mitsuru pudiera ir tras él.
Estaba rodeado de cuatro tíos, todos ellos mucho más altos que él. Las insignias en sus cuellos indicaban claramente que eran estudiantes de tercer año. Uno podía imaginarse fácilmente lo que eran. Eran lo mismo que él.
[...]
Y para colmo, él mismo había sido el que había escogido adrede un lugar aislado para intimidar a su compañero de clase. No había ninguna posibilidad de que algún profesor pasara por allí.
Le pisaron la muñeca derecha contra el suelo. Uno de ellos le cogió el dedo índice con cuidado y se lo echó hacia atrás, y lo presionó bajo su zapato de piel. Por primera vez en su vida, Mitsuru experimentó el verdadero miedo.
«No… no puede ser…»
Sí podía ser. La suela del zapato presionó el dedo de Mitsuru al mismo tiempo que se oía un horrible crujido. Mitsuru chilló como un cerdo. Nunca había sentido un dolor tan espantoso. Ellos se seguían riendo: «¡Ji, ji, ji…!»
[...]
Sin una pizca de orgullo, Mitsuru comenzó a pedir clemencia, pero ellos ignoraron sus súplicas. Sintió la suela del zapato otra vez, y oyó el crujido del hueso. Su dedo corazón ya estaba destrozado. Mitsuru volvió a gritar.
—Venga, uno más.
Y entonces fue cuando ocurrió.
La puerta de la clase de arte se abrió de repente.
—¿Podéis estaros quietos? —dijo aquella voz tranquila. 
Por un momento, Mitsuru se preguntó si sería un profesor.
Pero un profesor habría intervenido mucho antes y, además, una petición para estarse quietos… era un poco rara.
Con la espalda todavía aplastada contra el suelo, Mitsuru levantó la mirada hacia la puerta.
Aquel tío no era demasiado grande, pero tenía un aspecto increíblemente elegante. Llevaba en la mano un pincel.
Lo había visto en la clase de presentación. Era uno de los compañeros de Mitsuru. Al parecer, su familia se había trasladado poco antes a la ciudad. Nadie sabía quién era, pero como era callado y aparentemente formal, Mitsuru no le había prestado demasiada atención. Dado el refinamiento de su apariencia, probablemente era de una buena familia. Un tipo como aquel probablemente haría todo lo posible por evitar las peleas, así que no había nada de qué preocuparse.
Pero ¿qué estaba haciendo en el aula de arte? Pintando, seguro, pero ¿no era un poco raro ponerse a pintar el primer día de clase?
El muchacho de las espinillas [...] le dio un manotazo y le arrebató el pincel de la mano al chico; la pintura azul del pincel salpicó el suelo.
El chico miró al de las espinillas lentamente, de arriba abajo.
Lo demás necesita poca explicación. El chico bajito les dio una paliza a los cuatro estudiantes de tercer año (todos acabaron por el suelo, semiinconscientes y doloridos).
El chico se acercó a Mitsuru. Después de mirarlo por encima, únicamente dijo:
—Deberías ir a un hospital para que te vieran esa mano. 
Y luego volvió al aula.
[...]
Mitsuru había intentado sonsacarle luego diciéndole que debía de haber sido todo un personaje en la primaria, pero Kazuo solo lo negó. Entonces… ¿era campeón de judo o algo? Kazuo también dijo que no. Mitsuru se enteró más adelante de otra cosa muy rara, y era que, el día que se habían conocido, Kazuo se había metido en el aula de arte para pintar. Cuando Mitsuru le preguntó por qué había hecho aquello, Kazuo solo contestó: «Me apetecía». [...]
Kazuo siempre parecía tranquilo. [...]
Sin embargo, Kazuo no solo era muy fuerte. Era extremadamente inteligente. Con una aparente sencillez, sobresalía en todo. Cuando asaltaron la tienda de licores, fue Kazuo quien diseñó aquel plan tan brillante. Kazuo libró a Mitsuru de numerosos embrollos en los que se había metido (desde que se pegó a Kazuo, la policía no había vuelto a arrestarlo). Además, se suponía que su padre era el presidente de una importante empresa de la prefectura… no, de toda la región de Chugoku y Shikoku. No tenía miedo de nada. [...]
Mitsuru lo convirtió en el líder de su banda, que continuaba metiéndose en líos. Mitsuru solo se preguntó una vez si era justo enredar en aquello a Kazuo. Este prohibió estrictamente a Mitsuru y a los otros que se acercaran siquiera a su casa (en realidad era una mansión, y nunca lo dijo así, pero eso era lo que daba a entender), así que Mitsuru nunca tuvo ocasión de saber si los padres de Kazuo eran conscientes de las actividades en las que andaba su hijo. Se preocupaba porque tal vez la banda podía ser una mala influencia para Kazuo, que obviamente era un muchacho muy bien educado. Después de pensárselo mucho, Mitsuru al final compartió sus preocupaciones con Kazuo.
Pero Kazuo solo le respondió: «No me importa. Es divertido». Así que Mitsuru decidió que, si al propio Kazuo no le importaba, pues estaba bien.
[...]
Con todo, había una única cosa que había incomodado a Mitsuru desde el principio. Él pensaba que no tenía la menor importancia, así que había hecho todo lo posible por ignorarlo todo ese tiempo: Kazuo Kiriyama nunca sonreía.
Y luego había un pensamiento de Mitsuru que seguramente tenía visos de realidad. «Parece como si siempre tuviera muchas cosas en la cabeza, y seguramente será así. Pero a lo mejor hay algo increíblemente siniestro tramándose en la mente de Kazuo, algo tan siniestro que está más allá de mi imaginación… A lo mejor ni siquiera es nada siniestro. A lo mejor es solo ensimismamiento, una especie de agujero negro…»
[...]
[Kazuo] Quitó de allí la mano y se tocó la sien izquierda… para ser más precisos, un poco por debajo de la sien. Cualquiera habría dicho que estaba simplemente alisándose el pelo.
Pero no. Lo hizo porque tenía una extraña sensación… no era dolor ni un picor, sino algo raro e infrecuente que le ocurría solo un par de veces al año. El acto reflejo de tocarse allí, junto con aquella extraña sensación, ya se había convertido en algo familiar para Kazuo.
Sus padres le habían proporcionado una educación muy esmerada. Pero, a pesar de aprender todo lo que tenía que saber sobre el mundo a su temprana edad, el propio Kazuo no tenía ni idea de lo que le causaba aquella sensación. Era inevitable. Cualquier sospecha de daño cerebral había desaparecido completamente para cuando adquirió suficiente edad para reconocerse en un espejo. En otras palabras, no sabía nada respecto a lo que le causaba aquella extraña sensación. Kazuo no era consciente del hecho de que casi había muerto en un espantoso accidente automovilístico cuando todavía estaba en el seno materno ni sabía que su madre había muerto en el accidente. Por supuesto, Kazuo tampoco sabía nada de la conversación que su padrastro y un famosísimo y reputadísimo médico habían mantenido respecto a una esquirla que se había incrustado en su cerebro justo antes de nacer, ni del hecho de que ni su padre ni el doctor que presumía de que la operación había sido un éxito supieran que la esquirla había seccionado un grupo de células nerviosas muy delicadas. Todos aquellos sucesos pertenecían a otro tiempo. El médico murió de un fallo hepático y su padre, o más precisamente su padre real, también murió por complicaciones causadas tras el accidente. Así que no había nadie que pudiera contarle esos detalles a Kazuo.
Una cosa era absolutamente cierta: o lo era al menos para Kazuo. Aunque no pudiera darse cuenta especialmente, o más apropiadamente, quizá porque era incapaz de llegar a esa conclusión, eso era lo que le ocurría: Kazuo Kiriyama no sentía nada. Ni culpabilidad, ni pena ni compasión [...] y desde el mismo día en que vino a este mundo era así, nunca había sentido ni la más mínima emoción.




viernes, 10 de abril de 2015

Me hicieses lo que me hicieses.

De Profundis
Oscar Wilde
Carta desde la cárcel de Reading a lord Alfred Douglas 'Bosie' (1895).

Ya he mencionado este libro, que en principio se escribió únicamente como carta de Wilde a su amante, cuya relación lo había hecho acabar en la cárcel en la época victoriana, carta publicada de manera póstuma, pues el autor no tenía ninguna intención de lucrarse con ella ni publicarla; tan sólo quería que 'Bosie' la leyera, cosa que no sabemos si llegó a hacer. Lord Alfred Douglas hizo a Wilde pasar por todo tipo de sufrimientos sentimentales y, como todo enamorado, Wilde siempre volvía a él. Veamos ahora uno de muchos ejemplos de esa relación mezcla de amor, locura y rencores.

Me hallaba yo entonces ocupado en terminar mi última obra en la soledad de Worthing. Ya me habías visitado dos veces. En esto, te presentas de repente por tercera vez, trayendo a un compañero tuyo, el cual -me lo propusiste con toda seriedad- había de vivir en mi casa. Me negué a ello rotundamente; ahora no podrás por menos de reconocer con cuánta razón. Claro está que yo sufragué todos sus gastos: no me quedaba otra disyuntiva. Mas ello en otro punto, no en mi misma casa. Al día siguiente, que era un lunes, tu compañero tornó a las obligaciones de su profesión y tú te quedaste conmigo. Hastiado de Worthing, y seguramente más todavía de mis vanos intentos por concentrar mi atención en mi obra -única cosa que en aquel momento realmente me preocupaba-, insistes en que me vaya al Grand Hotel de Brighton. La noche de nuestra llegada caes enfermo con esa fiebre terrible y deprimente, estúpidamente llamada influenza. Era tu segundo o tu tercer ataque. No he de recordarte cómo te asistí, cómo te cuidé, no sólo dándote todos los mimos, regalándote con frutas, flores, libros y demás cosas que pueden obtenerse con dinero, sino también con aquella delicadeza y ese cariño que el dinero, pienses lo que pienses, no permite adquirir. Salvo un paseo por la mañana y otro paseo en coche por la tarde, ni un momento me ausenté del hotel. Las uvas del hotel no te gustaban; mandé traer otras de Londres especialmente para ti; inventé toda clase de distracciones, permanecí constantemente a tu lado o en la habitación contigua, para tranquilizarte o para entretenerte.
Después de cuatro o cinco días te restableciste y yo entonces alquilo varias habitaciones amuebladas para terminar mi obra. Claro es que tú me acompañas.
A la mañana siguiente caigo gravemente enfermo. Tú marchas a Londres para tus asuntos, pero prometiéndome estar de vuelta por la tarde. En Londres te encuentras con un amigo, y hasta el día siguiente, a última hora, no regresas a Brighton. Me encuentras con una fiebre altísima y el médico afirma que me has contagiado la influenza. Nada más incómodo para un enfermo que habitaciones alquiladas amuebladas. Mi cuarto de trabajo está en el primer piso; mi alcoba, en el tercero. No hay allí ningún criado que pueda prestarme ninguna asistencia, ni siquiera alguien a quien pueda mandar a un recado o a buscar lo que ha recetado el médico. Pero tú estás conmigo y yo me siento amparado.
Oscar Wilde (izquierda) y lord Alfred Douglas (derecha), circa 1893.
Los dos días siguientes me dejas completamente solo, sin asistencia de nadie, sin servicio, careciendo de todo. No se trata ya de uvas, de flores ni de hermosos regalos: se trata de lo más necesario. Ni siquiera me fue posible tomar la leche que el médico me había ordenado, y la limonada me estaba severamente prohibida. Y cuando yo te ruego que vayas a la librería a buscarme un libro, o caso de no encontrarse éste, en que yo tenía interés, que me trajeses otro cualquiera, ni siquiera te tomas la molestia de ir. Y después de dejarme, debido a esto, todo un día sin tener qué leer, me cuentas con la mayor tranquilidad que has comprado el libro y han prometido enviarlo, lo cual, como hubo de comprobarse después casualmente, era una patraña. Y como es natural, durante todo el tiempo, vives a mi costa, te paseas en coche, comes en el Grand Hotel y no apareces por casa más que para buscar dinero.
El sábado por la tarde -desde por la mañana me habías dejado completamente solo y sin asistencia ninguna- te supliqué que volvieses después de la comida y me hicieses un poco de compañía. Así me lo prometes en tono brusco y violento. Hasta las once te estoy esperando y tú sin aparecer. Yo entonces te dejo unas líneas en tu cuarto para recordarte aquella promesa tuya y tu modo de cumplirla. A las tres de la madrugada, no pudiendo dormirme y torturado por la sed, me dirijo, a través del frío y las tinieblas, hacia mi cuarto de trabajo, con la esperanza de encontrar allí un poco de agua. Allí estabas tú. Te precipitaste sobre mí con todos los insultos de que es capaz el peor humor y la más indisciplinada e indomable naturaleza. La terrible alquimia del egoísmo te hacía transformar en irritación tus remordimientos. Me llamaste egoísta por querer tenerte junto a mí durante la enfermedad, me reprochaste el interponerme entre tú y tus diversiones, el intentar alejarte de tus amigos; me dijiste -y sé que aquello es la verdad escueta- que habías vuelto a casa a medianoche simplemente para mudarte de ropa y tornar después inmediatamente allí donde sabías te esperaban nuevas alegrías, pero aquella carta que yo había dejado para ti en la cual te recordaba que me habías tenido abandonado todo el día, te había quitado las ganas de más diversiones, menguando tu disposición para nuevos placeres.
Asqueado, subí nuevamente a mi cuarto, en donde permanecí sin poder dormir hasta el amanecer, y hasta mucho después no me fue posible tomar nada que apagase la sed de mi fiebre.
A la mañana siguiente ya eras otra vez tú. Yo, naturalmente, esperaba oír de ti las disculpas que habías de alegar, y quería saber cómo te las arreglarías para obtener mi perdón, que de sobra sabías te daría de corazón, me hicieses lo que me hicieses. Tu confianza absoluta en que yo siempre habría de perdonarte era la cualidad que más me agradaba en ti desde siempre, tal vez la mejor cualidad que yo te reconocía. Mas, lejos de lo que esperaba, repetiste el escándalo de por la noche, con, si cabe, aun mayor arrogancia y violencia. Por último, hube de mandarte salir de mi cuarto; hiciste como que me obedecías y, empero, cuando alcé la cabeza de la almohada, en la cual la tenía hundida, todavía estabas allí. Bruscamente, con risa sardónica de histérica irritación te dirigiste hacia mí. Sobrecogiome un sentimiento de repulsión: no sabría decir exactamente el motivo que a ello me indujo, pero lo cierto es que salté al punto de la cama y que descalzo, tal como estaba, bajé vacilante los dos pisos que separaban del cuarto de trabajo, que no abandoné hasta que el dueño de la casa, que vino porque llamé al timbre, húbome asegurado que habías salido de mi alcoba y prometido, para mi tranquilidad, permanecer al alcance de mi voz.
Tras una hora -durante la cual vino el médico, que, naturalmente, me halló en un estado de completa postración nerviosa y con una temperatura más elevada que la que había tenido al principio- volviste tú. Volviste por dinero. Sin decir una palabra te apoderaste de cuanto hallaste a mano en el tocador y encima de la chimenea, y te marchaste de casa llevándote tu equipaje.
¿Necesito decir lo que pensé de ti en los dos días siguientes, en aquellos dos días solitarios y miserables de mi enfermedad?
¿Necesito explicar cómo comprendí entonces claramente que era bochornoso para mí seguir tratando a un hombre cual el que tú habías revelado ser?

viernes, 5 de diciembre de 2014

Asustando a los lobos.

El doctor Zhivago
Boris Pasternak
Libro segundo. Decimocuarta parte: De nuevo a Varíkino. 18.

¡¡ATENCIÓN!! El siguiente fragmento contiene el final del libro anterior a la última parte, la conclusión, incluyendo la muerte de uno de los personajes principales, por lo que recomiendo encarecidamente que quien esté interesado en leer El doctor Zhivago (o ver la película, aunque ésta obvia este pasaje) deje de leer ya y pase por alto esta entrada.
Uno de los personajes principales, locamente enamorado de la Antípova mencionada en la entrada anterior, ha pasado a formar parte de la guerra civil rusa (1917 - 1923) y varios de los mandatarios de su propio bando no cesarán hasta encontrarlo y ejecutarlo por los abusos que ha cometido. Condenado a muerte y sin encontrar a su amada Antípova, no sabe qué hacer. Se encuentra con Yuri, que le ha quitado a Antípova, aunque ésta ya ha huido a Extremo Oriente por el conflicto. Yuri y él hablan de ella. Él sabe que le ha sido infiel y también sabe que los militares le pisan los talones.

Por fin Yuri consiguió dormir como es debido. Por primera vez en mucho tiempo concilió el sueño sin darse cuenta, apenas tumbarse en la cama. Strélnikov se había quedado a pasar la noche. Yuri Andréyevich lo instaló en la habitación de al lado. En los breves instantes en que Yuri Andréyevich se despertaba para volverse al otro lado o para echarse encima la manta que se había caído al suelo, sentía la fuerza reconfortante de un sueño reparador y con placer se dormía de nuevo. En la segunda mitad de la noche empezó a tener sueños cortos, que mutaban rápidamente, de los tiempos de su infancia, comprensibles y ricos en detalles, que podían confundirse con la realidad.
Así, por ejemplo, una acuarela hecha por su madre del litoral italiano, que pendía de la pared, en el sueño, de prontó se descolgó, cayó al suelo y el ruido de cristales rotos despertó a Yuri Andreyévich. Abrió los ojos. No. Era otra cosa. Era probablemente Antípov, el marido de Lara, Pável Pávlovich, Strélnikov, que de nuevo, como decía Vakj, asustaba a los lobos de Shutmá. Pero no, ¡qué desastre! El cuadro había caído de veras de la pared. Estaba hecho pedazos en el suelo, comprobó cautivo nuevamente del sueño, que se prolongaba.
Se despertó con dolor de cabeza por haber dormido demasiado. No se dio cuenta enseguida de quién era y de dónde estaba, ni en qué mundo se encontraba.
De pronto recordó: «Strélnikov ha pasado aquí la noche. Ya es tarde. Tengo que vestirme. Seguro que ya se ha levantado y, si no lo ha hecho, lo despertaré yo, prepararé café y lo tomaremos juntos».
-¡Pável Pávlovich!
Ninguna respuesta. «Eso es que aún duerme. Tiene el sueño pesado».
Sin apresurarse se vistió y pasó a la habitación contigua. Sobre la mesa estaba la birretina militar de Strélnikov, pero él no estaba en casa. «Debe de haber salido a pasear -pensó el doctor-. Y sin gorro. Quiere templarse. Pero hoy habría que despedirse en Varíkino y volver a la ciudad. Es tarde. De nuevo he dormido demasiado. Cada mañana me sucede lo mismo».
Yuri Andréyevich encendió el fuego en la cocina, tomó un cubo y fue a buscar agua. A pocos pasos de la entrada, de través en el sendero, caído y con la cabeza apoyada en un montón de nieve, yacía Pável Pávlovich. La nieve bajo su sien izquierda se había condensado en un grumo rojo, hundido en un charco de sangre acumulada. Las minúsculas gotas de sangre que habían salpicado a un lado habían rodado por la nieve formando unas bolitas rojas, parecidas a las bayas de un serbal helado.

La primavera.

El doctor Zhivago
Boris Pasternak
Libro segundo. Novena parte: Varíkino. 13.

El argumento de este libro no debería ser ningún secreto, ya que aunque se haya nacido mucho después del estreno de la mítica película, su versión en el cine es archiconocida y un clásico para cualquier cinéfilo. Nos situamos en la Rusia en plena Revolución; nuestros protagonistas se han visto obligados a marcharse a pueblos perdidos de más allá de los Urales y se ganan la vida como pueden.

Era un frío y ventoso día de principios de mayo. Después de haber llevado a cabo varias gestiones en la ciudad y de haberse asomado un momento por la biblioteca, Yuri Andréyevich cambió inesperadamente de planes y decidió ir a ver a Antípova.
A menudo el viento le impedía avanzar y le obstaculizaba el camino con nubes de polvo y arena. El doctor se volvía, entrecerraba los ojos, inclinaba la cabeza, esperando que el polvo pasara, y seguía andando.
Antípova vivía en la esquina de la calle Kupécheskaya con el callejón Novosválochni, delante de la Casa de las Estatuas, de color oscuro tirando a azul, y que ahora el doctor veía por primera vez. La casa hacía honor a su nombre, y producía una impresión extraña e inquietante.
Toda la planta superior estaba adornada por cariátides mitológicas, figuras de mujer de una estatura una vez y media mayores que el natural. Entre dos ráfagas de viento que le ocultaron la fachada, por un instante el doctor tuvo la impresión de que toda la población femenina de la casa había salido al balcón y, apoyadas en la baranda, lo miraban a él y a la calle Kupécheskaya, que se extendía hacia abajo.
La casa de Antípova tenía dos entradas: la principal, en la calle, y la que daba al patio, en el callejón. Desconociendo la existencia de la primera, Yuri Andréyevich tomó la segunda.
Cuando entró desde el callejón en el patio, el viento levantó hacia el cielo tierra e inmundicia de todo el patio, ocultándolo a los ojos del doctor. Tras aquel negro telón, por entre sus piernas, se lanzaron cloqueando unas gallinas, que buscaban refugio del gallo que les iba a la zaga.
Cuando la nube de polvo se hubo disipado, el doctor vio a Antípova al lado del pozo. El torbellino la había sorprendido con dos cubos llenos de agua y la barra sobre el hombro izquierdo. Se había anudado a toda prisa un pañuelo en la cabeza, para proteger sus cabellos del polvo, con un nudo sobre la frente, como una campesina, y apretaba entre las rodillas el dobladillo del vestido hinchado por el viento para que no se le levantase. Se estaba dirigiendo hacia casa con el agua, pero se detuvo, retenida por una nueva ráfaga de viento que le arrebató el pañuelo de la cabeza, le zarandeó los cabellos y arrastró el pañuelo hacia el rincón de la empalizada, donde las gallinas aún cacareaban.
Yuri Andréyevich corrió tras el pañuelo, lo recogió, se acercó al pozo y se lo entregó a la aturdida Antípova. Siempre fiel a su naturalidad, no soltó ninguna exclamación que traicionase su asombro. Se limitó a decir:
-¡Zhivago!
[...]