miércoles, 23 de septiembre de 2015

Cinco minutitos más

Una historia de amor y oscuridad
Amos Oz
Capítulo 28

Me sentía tentada desde hace tiempo a escribir esta entrada, pero luego siempre se me olvidaba.
Este libro lo leí casi por completo en los pasillos de la facultad mientras esperaba a que llegaran los pocos compañeros que se molestaban en madrugar tanto como yo y este pasaje va precisamente de eso, de madrugar, de recordar esa sensación de no querer levantarte de la cama cuando aún es de noche.

[...]
Mi padre se levantaba siempre muy temprano, una hora u hora y media antes que mi madre y que yo: a las cinco y media de la mañana estaba ya frente al espejo del cuarto de baño, removiendo y espesando con una brocha la nieve que tenía en las mejillas, afeitándose y cantando en voz baja canciones patrióticas con unos gorgoritos que ponían los pelos de punta. Después de afeitarse se tomaba un vaso de té en la cocina y leía el periódico. En la temporada de los cítricos, cada mañana exprimía unas naranjas con un pequeño exprimidor manual y nos llevaba a mi madre y a mí un zumo de naranja a la cama. Y, como la temporada de los cítricos cae en invierno y en aquella época se creía que las bebidas frías en días fríos provocaban resfriados, mi solícito padre encendía el infiernillo antes de hacer el zumo, ponía encima una cacerola con agua y, cuando el agua estaba a punto de hervir, metía con cuidado los dos vasos de zumo en la cacerola del agua caliente y removía bien con una cuchara para que el zumo que estaba cerca del cristal no estuviera más caliente que el zumo del centro del vaso. Y así, afeitado, vestido y encorbatado, con el delantal de cuadros de mamá atado a la cintura encima de su traje barato, iba a  despertar a mi madre (a [la habitación de]
la  biblioteca) y a mí (al cuarto del final del pasillo) y nos daba a cada uno un vaso de zumo de naranja tibio. Mientras yo me tomaba ese zumo templado como si fuese medicina, mi padre permanecía a mi lado, con el delantal de cuadros, la discreta corbata y el traje gastado por los codos, esperando a que le devolviese el vaso vacío. Mientras yo me tomaba el zumo, mi padre pensaba qué decir: siempre se sentía culpable de cada silencio. Por eso bromeaba conmigo a su manera, sin ninguna gracia: "Hijito,/ tómate el zumito,/ yo esperaré/ y no te apremiaré".
O: "Si cada día te tomas un vaso templado/ crecerás y serás un valiente soldado".
O también: "Cada sorbo dado/ reconstituye el alma y el cuerpo cansado".
[...]

sábado, 19 de septiembre de 2015

¿Y tú de quién eres?

Battle Royale
Koushun Takami
Primera parte: Empieza el juego. Capítulo 11

No sé los demás, pero lo que busco en una novela, aparte de, por supuesto, que sea una historia creíble y currada, es que profundice en las vidas de los personajes de manera que parezcan reales, como si de verdad tuvieran una vida en el mundo de los vivos. Como si tuvieran familia, ilusiones, infancia, amigos y decepciones. Eso ocurre en algunas ocasiones en Battle Royale, que cuenta con más de 42 personajes (obviamente no es posible narrar la vida de todos sin producir menos de 700 páginas). ¿Y qué historia me llama más la atención? Por supuesto, la rara. La del malo malísimo, Kazuo Kiriyama. Aunque las vidas de "los buenos" son muy insulsas con sólo dos excepciones.


El recuerdo que Mitsuru tenía de su primer encuentro con Kazuo Kiriyama era tan vívido que había permanecido imborrable en su memoria.
Mitsuru había sido un matón incluso desde la escuela, en primaria [...] Así que simplemente fue inevitable, en su primer día en el instituto, que hiciera todo lo posible por eliminar a la competencia procedente de otras escuelas del distrito. [...]
En el pasillo vacío, junto al aula de arte, Mitsuru agarró al muchacho por la solapa y lo aplastó contra la pared. El crío ya tenía amoratado un ojo. Y tenía los ojos anegados en lágrimas. Era pan comido. Bastaría con dos puñetazos.
[...]
Soltó al muchacho y se dio la vuelta. El crío cayó al suelo y salió pitando, pero no había ninguna posibilidad de que Mitsuru pudiera ir tras él.
Estaba rodeado de cuatro tíos, todos ellos mucho más altos que él. Las insignias en sus cuellos indicaban claramente que eran estudiantes de tercer año. Uno podía imaginarse fácilmente lo que eran. Eran lo mismo que él.
[...]
Y para colmo, él mismo había sido el que había escogido adrede un lugar aislado para intimidar a su compañero de clase. No había ninguna posibilidad de que algún profesor pasara por allí.
Le pisaron la muñeca derecha contra el suelo. Uno de ellos le cogió el dedo índice con cuidado y se lo echó hacia atrás, y lo presionó bajo su zapato de piel. Por primera vez en su vida, Mitsuru experimentó el verdadero miedo.
«No… no puede ser…»
Sí podía ser. La suela del zapato presionó el dedo de Mitsuru al mismo tiempo que se oía un horrible crujido. Mitsuru chilló como un cerdo. Nunca había sentido un dolor tan espantoso. Ellos se seguían riendo: «¡Ji, ji, ji…!»
[...]
Sin una pizca de orgullo, Mitsuru comenzó a pedir clemencia, pero ellos ignoraron sus súplicas. Sintió la suela del zapato otra vez, y oyó el crujido del hueso. Su dedo corazón ya estaba destrozado. Mitsuru volvió a gritar.
—Venga, uno más.
Y entonces fue cuando ocurrió.
La puerta de la clase de arte se abrió de repente.
—¿Podéis estaros quietos? —dijo aquella voz tranquila. 
Por un momento, Mitsuru se preguntó si sería un profesor.
Pero un profesor habría intervenido mucho antes y, además, una petición para estarse quietos… era un poco rara.
Con la espalda todavía aplastada contra el suelo, Mitsuru levantó la mirada hacia la puerta.
Aquel tío no era demasiado grande, pero tenía un aspecto increíblemente elegante. Llevaba en la mano un pincel.
Lo había visto en la clase de presentación. Era uno de los compañeros de Mitsuru. Al parecer, su familia se había trasladado poco antes a la ciudad. Nadie sabía quién era, pero como era callado y aparentemente formal, Mitsuru no le había prestado demasiada atención. Dado el refinamiento de su apariencia, probablemente era de una buena familia. Un tipo como aquel probablemente haría todo lo posible por evitar las peleas, así que no había nada de qué preocuparse.
Pero ¿qué estaba haciendo en el aula de arte? Pintando, seguro, pero ¿no era un poco raro ponerse a pintar el primer día de clase?
El muchacho de las espinillas [...] le dio un manotazo y le arrebató el pincel de la mano al chico; la pintura azul del pincel salpicó el suelo.
El chico miró al de las espinillas lentamente, de arriba abajo.
Lo demás necesita poca explicación. El chico bajito les dio una paliza a los cuatro estudiantes de tercer año (todos acabaron por el suelo, semiinconscientes y doloridos).
El chico se acercó a Mitsuru. Después de mirarlo por encima, únicamente dijo:
—Deberías ir a un hospital para que te vieran esa mano. 
Y luego volvió al aula.
[...]
Mitsuru había intentado sonsacarle luego diciéndole que debía de haber sido todo un personaje en la primaria, pero Kazuo solo lo negó. Entonces… ¿era campeón de judo o algo? Kazuo también dijo que no. Mitsuru se enteró más adelante de otra cosa muy rara, y era que, el día que se habían conocido, Kazuo se había metido en el aula de arte para pintar. Cuando Mitsuru le preguntó por qué había hecho aquello, Kazuo solo contestó: «Me apetecía». [...]
Kazuo siempre parecía tranquilo. [...]
Sin embargo, Kazuo no solo era muy fuerte. Era extremadamente inteligente. Con una aparente sencillez, sobresalía en todo. Cuando asaltaron la tienda de licores, fue Kazuo quien diseñó aquel plan tan brillante. Kazuo libró a Mitsuru de numerosos embrollos en los que se había metido (desde que se pegó a Kazuo, la policía no había vuelto a arrestarlo). Además, se suponía que su padre era el presidente de una importante empresa de la prefectura… no, de toda la región de Chugoku y Shikoku. No tenía miedo de nada. [...]
Mitsuru lo convirtió en el líder de su banda, que continuaba metiéndose en líos. Mitsuru solo se preguntó una vez si era justo enredar en aquello a Kazuo. Este prohibió estrictamente a Mitsuru y a los otros que se acercaran siquiera a su casa (en realidad era una mansión, y nunca lo dijo así, pero eso era lo que daba a entender), así que Mitsuru nunca tuvo ocasión de saber si los padres de Kazuo eran conscientes de las actividades en las que andaba su hijo. Se preocupaba porque tal vez la banda podía ser una mala influencia para Kazuo, que obviamente era un muchacho muy bien educado. Después de pensárselo mucho, Mitsuru al final compartió sus preocupaciones con Kazuo.
Pero Kazuo solo le respondió: «No me importa. Es divertido». Así que Mitsuru decidió que, si al propio Kazuo no le importaba, pues estaba bien.
[...]
Con todo, había una única cosa que había incomodado a Mitsuru desde el principio. Él pensaba que no tenía la menor importancia, así que había hecho todo lo posible por ignorarlo todo ese tiempo: Kazuo Kiriyama nunca sonreía.
Y luego había un pensamiento de Mitsuru que seguramente tenía visos de realidad. «Parece como si siempre tuviera muchas cosas en la cabeza, y seguramente será así. Pero a lo mejor hay algo increíblemente siniestro tramándose en la mente de Kazuo, algo tan siniestro que está más allá de mi imaginación… A lo mejor ni siquiera es nada siniestro. A lo mejor es solo ensimismamiento, una especie de agujero negro…»
[...]
[Kazuo] Quitó de allí la mano y se tocó la sien izquierda… para ser más precisos, un poco por debajo de la sien. Cualquiera habría dicho que estaba simplemente alisándose el pelo.
Pero no. Lo hizo porque tenía una extraña sensación… no era dolor ni un picor, sino algo raro e infrecuente que le ocurría solo un par de veces al año. El acto reflejo de tocarse allí, junto con aquella extraña sensación, ya se había convertido en algo familiar para Kazuo.
Sus padres le habían proporcionado una educación muy esmerada. Pero, a pesar de aprender todo lo que tenía que saber sobre el mundo a su temprana edad, el propio Kazuo no tenía ni idea de lo que le causaba aquella sensación. Era inevitable. Cualquier sospecha de daño cerebral había desaparecido completamente para cuando adquirió suficiente edad para reconocerse en un espejo. En otras palabras, no sabía nada respecto a lo que le causaba aquella extraña sensación. Kazuo no era consciente del hecho de que casi había muerto en un espantoso accidente automovilístico cuando todavía estaba en el seno materno ni sabía que su madre había muerto en el accidente. Por supuesto, Kazuo tampoco sabía nada de la conversación que su padrastro y un famosísimo y reputadísimo médico habían mantenido respecto a una esquirla que se había incrustado en su cerebro justo antes de nacer, ni del hecho de que ni su padre ni el doctor que presumía de que la operación había sido un éxito supieran que la esquirla había seccionado un grupo de células nerviosas muy delicadas. Todos aquellos sucesos pertenecían a otro tiempo. El médico murió de un fallo hepático y su padre, o más precisamente su padre real, también murió por complicaciones causadas tras el accidente. Así que no había nadie que pudiera contarle esos detalles a Kazuo.
Una cosa era absolutamente cierta: o lo era al menos para Kazuo. Aunque no pudiera darse cuenta especialmente, o más apropiadamente, quizá porque era incapaz de llegar a esa conclusión, eso era lo que le ocurría: Kazuo Kiriyama no sentía nada. Ni culpabilidad, ni pena ni compasión [...] y desde el mismo día en que vino a este mundo era así, nunca había sentido ni la más mínima emoción.




viernes, 10 de abril de 2015

Me hicieses lo que me hicieses.

De Profundis
Oscar Wilde
Carta desde la cárcel de Reading a lord Alfred Douglas 'Bosie' (1895).

Ya he mencionado este libro, que en principio se escribió únicamente como carta de Wilde a su amante, cuya relación lo había hecho acabar en la cárcel en la época victoriana, carta publicada de manera póstuma, pues el autor no tenía ninguna intención de lucrarse con ella ni publicarla; tan sólo quería que 'Bosie' la leyera, cosa que no sabemos si llegó a hacer. Lord Alfred Douglas hizo a Wilde pasar por todo tipo de sufrimientos sentimentales y, como todo enamorado, Wilde siempre volvía a él. Veamos ahora uno de muchos ejemplos de esa relación mezcla de amor, locura y rencores.

Me hallaba yo entonces ocupado en terminar mi última obra en la soledad de Worthing. Ya me habías visitado dos veces. En esto, te presentas de repente por tercera vez, trayendo a un compañero tuyo, el cual -me lo propusiste con toda seriedad- había de vivir en mi casa. Me negué a ello rotundamente; ahora no podrás por menos de reconocer con cuánta razón. Claro está que yo sufragué todos sus gastos: no me quedaba otra disyuntiva. Mas ello en otro punto, no en mi misma casa. Al día siguiente, que era un lunes, tu compañero tornó a las obligaciones de su profesión y tú te quedaste conmigo. Hastiado de Worthing, y seguramente más todavía de mis vanos intentos por concentrar mi atención en mi obra -única cosa que en aquel momento realmente me preocupaba-, insistes en que me vaya al Grand Hotel de Brighton. La noche de nuestra llegada caes enfermo con esa fiebre terrible y deprimente, estúpidamente llamada influenza. Era tu segundo o tu tercer ataque. No he de recordarte cómo te asistí, cómo te cuidé, no sólo dándote todos los mimos, regalándote con frutas, flores, libros y demás cosas que pueden obtenerse con dinero, sino también con aquella delicadeza y ese cariño que el dinero, pienses lo que pienses, no permite adquirir. Salvo un paseo por la mañana y otro paseo en coche por la tarde, ni un momento me ausenté del hotel. Las uvas del hotel no te gustaban; mandé traer otras de Londres especialmente para ti; inventé toda clase de distracciones, permanecí constantemente a tu lado o en la habitación contigua, para tranquilizarte o para entretenerte.
Después de cuatro o cinco días te restableciste y yo entonces alquilo varias habitaciones amuebladas para terminar mi obra. Claro es que tú me acompañas.
A la mañana siguiente caigo gravemente enfermo. Tú marchas a Londres para tus asuntos, pero prometiéndome estar de vuelta por la tarde. En Londres te encuentras con un amigo, y hasta el día siguiente, a última hora, no regresas a Brighton. Me encuentras con una fiebre altísima y el médico afirma que me has contagiado la influenza. Nada más incómodo para un enfermo que habitaciones alquiladas amuebladas. Mi cuarto de trabajo está en el primer piso; mi alcoba, en el tercero. No hay allí ningún criado que pueda prestarme ninguna asistencia, ni siquiera alguien a quien pueda mandar a un recado o a buscar lo que ha recetado el médico. Pero tú estás conmigo y yo me siento amparado.
Oscar Wilde (izquierda) y lord Alfred Douglas (derecha), circa 1893.
Los dos días siguientes me dejas completamente solo, sin asistencia de nadie, sin servicio, careciendo de todo. No se trata ya de uvas, de flores ni de hermosos regalos: se trata de lo más necesario. Ni siquiera me fue posible tomar la leche que el médico me había ordenado, y la limonada me estaba severamente prohibida. Y cuando yo te ruego que vayas a la librería a buscarme un libro, o caso de no encontrarse éste, en que yo tenía interés, que me trajeses otro cualquiera, ni siquiera te tomas la molestia de ir. Y después de dejarme, debido a esto, todo un día sin tener qué leer, me cuentas con la mayor tranquilidad que has comprado el libro y han prometido enviarlo, lo cual, como hubo de comprobarse después casualmente, era una patraña. Y como es natural, durante todo el tiempo, vives a mi costa, te paseas en coche, comes en el Grand Hotel y no apareces por casa más que para buscar dinero.
El sábado por la tarde -desde por la mañana me habías dejado completamente solo y sin asistencia ninguna- te supliqué que volvieses después de la comida y me hicieses un poco de compañía. Así me lo prometes en tono brusco y violento. Hasta las once te estoy esperando y tú sin aparecer. Yo entonces te dejo unas líneas en tu cuarto para recordarte aquella promesa tuya y tu modo de cumplirla. A las tres de la madrugada, no pudiendo dormirme y torturado por la sed, me dirijo, a través del frío y las tinieblas, hacia mi cuarto de trabajo, con la esperanza de encontrar allí un poco de agua. Allí estabas tú. Te precipitaste sobre mí con todos los insultos de que es capaz el peor humor y la más indisciplinada e indomable naturaleza. La terrible alquimia del egoísmo te hacía transformar en irritación tus remordimientos. Me llamaste egoísta por querer tenerte junto a mí durante la enfermedad, me reprochaste el interponerme entre tú y tus diversiones, el intentar alejarte de tus amigos; me dijiste -y sé que aquello es la verdad escueta- que habías vuelto a casa a medianoche simplemente para mudarte de ropa y tornar después inmediatamente allí donde sabías te esperaban nuevas alegrías, pero aquella carta que yo había dejado para ti en la cual te recordaba que me habías tenido abandonado todo el día, te había quitado las ganas de más diversiones, menguando tu disposición para nuevos placeres.
Asqueado, subí nuevamente a mi cuarto, en donde permanecí sin poder dormir hasta el amanecer, y hasta mucho después no me fue posible tomar nada que apagase la sed de mi fiebre.
A la mañana siguiente ya eras otra vez tú. Yo, naturalmente, esperaba oír de ti las disculpas que habías de alegar, y quería saber cómo te las arreglarías para obtener mi perdón, que de sobra sabías te daría de corazón, me hicieses lo que me hicieses. Tu confianza absoluta en que yo siempre habría de perdonarte era la cualidad que más me agradaba en ti desde siempre, tal vez la mejor cualidad que yo te reconocía. Mas, lejos de lo que esperaba, repetiste el escándalo de por la noche, con, si cabe, aun mayor arrogancia y violencia. Por último, hube de mandarte salir de mi cuarto; hiciste como que me obedecías y, empero, cuando alcé la cabeza de la almohada, en la cual la tenía hundida, todavía estabas allí. Bruscamente, con risa sardónica de histérica irritación te dirigiste hacia mí. Sobrecogiome un sentimiento de repulsión: no sabría decir exactamente el motivo que a ello me indujo, pero lo cierto es que salté al punto de la cama y que descalzo, tal como estaba, bajé vacilante los dos pisos que separaban del cuarto de trabajo, que no abandoné hasta que el dueño de la casa, que vino porque llamé al timbre, húbome asegurado que habías salido de mi alcoba y prometido, para mi tranquilidad, permanecer al alcance de mi voz.
Tras una hora -durante la cual vino el médico, que, naturalmente, me halló en un estado de completa postración nerviosa y con una temperatura más elevada que la que había tenido al principio- volviste tú. Volviste por dinero. Sin decir una palabra te apoderaste de cuanto hallaste a mano en el tocador y encima de la chimenea, y te marchaste de casa llevándote tu equipaje.
¿Necesito decir lo que pensé de ti en los dos días siguientes, en aquellos dos días solitarios y miserables de mi enfermedad?
¿Necesito explicar cómo comprendí entonces claramente que era bochornoso para mí seguir tratando a un hombre cual el que tú habías revelado ser?

viernes, 5 de diciembre de 2014

Asustando a los lobos.

El doctor Zhivago
Boris Pasternak
Libro segundo. Decimocuarta parte: De nuevo a Varíkino. 18.

¡¡ATENCIÓN!! El siguiente fragmento contiene el final del libro anterior a la última parte, la conclusión, incluyendo la muerte de uno de los personajes principales, por lo que recomiendo encarecidamente que quien esté interesado en leer El doctor Zhivago (o ver la película, aunque ésta obvia este pasaje) deje de leer ya y pase por alto esta entrada.
Uno de los personajes principales, locamente enamorado de la Antípova mencionada en la entrada anterior, ha pasado a formar parte de la guerra civil rusa (1917 - 1923) y varios de los mandatarios de su propio bando no cesarán hasta encontrarlo y ejecutarlo por los abusos que ha cometido. Condenado a muerte y sin encontrar a su amada Antípova, no sabe qué hacer. Se encuentra con Yuri, que le ha quitado a Antípova, aunque ésta ya ha huido a Extremo Oriente por el conflicto. Yuri y él hablan de ella. Él sabe que le ha sido infiel y también sabe que los militares le pisan los talones.

Por fin Yuri consiguió dormir como es debido. Por primera vez en mucho tiempo concilió el sueño sin darse cuenta, apenas tumbarse en la cama. Strélnikov se había quedado a pasar la noche. Yuri Andréyevich lo instaló en la habitación de al lado. En los breves instantes en que Yuri Andréyevich se despertaba para volverse al otro lado o para echarse encima la manta que se había caído al suelo, sentía la fuerza reconfortante de un sueño reparador y con placer se dormía de nuevo. En la segunda mitad de la noche empezó a tener sueños cortos, que mutaban rápidamente, de los tiempos de su infancia, comprensibles y ricos en detalles, que podían confundirse con la realidad.
Así, por ejemplo, una acuarela hecha por su madre del litoral italiano, que pendía de la pared, en el sueño, de prontó se descolgó, cayó al suelo y el ruido de cristales rotos despertó a Yuri Andreyévich. Abrió los ojos. No. Era otra cosa. Era probablemente Antípov, el marido de Lara, Pável Pávlovich, Strélnikov, que de nuevo, como decía Vakj, asustaba a los lobos de Shutmá. Pero no, ¡qué desastre! El cuadro había caído de veras de la pared. Estaba hecho pedazos en el suelo, comprobó cautivo nuevamente del sueño, que se prolongaba.
Se despertó con dolor de cabeza por haber dormido demasiado. No se dio cuenta enseguida de quién era y de dónde estaba, ni en qué mundo se encontraba.
De pronto recordó: «Strélnikov ha pasado aquí la noche. Ya es tarde. Tengo que vestirme. Seguro que ya se ha levantado y, si no lo ha hecho, lo despertaré yo, prepararé café y lo tomaremos juntos».
-¡Pável Pávlovich!
Ninguna respuesta. «Eso es que aún duerme. Tiene el sueño pesado».
Sin apresurarse se vistió y pasó a la habitación contigua. Sobre la mesa estaba la birretina militar de Strélnikov, pero él no estaba en casa. «Debe de haber salido a pasear -pensó el doctor-. Y sin gorro. Quiere templarse. Pero hoy habría que despedirse en Varíkino y volver a la ciudad. Es tarde. De nuevo he dormido demasiado. Cada mañana me sucede lo mismo».
Yuri Andréyevich encendió el fuego en la cocina, tomó un cubo y fue a buscar agua. A pocos pasos de la entrada, de través en el sendero, caído y con la cabeza apoyada en un montón de nieve, yacía Pável Pávlovich. La nieve bajo su sien izquierda se había condensado en un grumo rojo, hundido en un charco de sangre acumulada. Las minúsculas gotas de sangre que habían salpicado a un lado habían rodado por la nieve formando unas bolitas rojas, parecidas a las bayas de un serbal helado.

La primavera.

El doctor Zhivago
Boris Pasternak
Libro segundo. Novena parte: Varíkino. 13.

El argumento de este libro no debería ser ningún secreto, ya que aunque se haya nacido mucho después del estreno de la mítica película, su versión en el cine es archiconocida y un clásico para cualquier cinéfilo. Nos situamos en la Rusia en plena Revolución; nuestros protagonistas se han visto obligados a marcharse a pueblos perdidos de más allá de los Urales y se ganan la vida como pueden.

Era un frío y ventoso día de principios de mayo. Después de haber llevado a cabo varias gestiones en la ciudad y de haberse asomado un momento por la biblioteca, Yuri Andréyevich cambió inesperadamente de planes y decidió ir a ver a Antípova.
A menudo el viento le impedía avanzar y le obstaculizaba el camino con nubes de polvo y arena. El doctor se volvía, entrecerraba los ojos, inclinaba la cabeza, esperando que el polvo pasara, y seguía andando.
Antípova vivía en la esquina de la calle Kupécheskaya con el callejón Novosválochni, delante de la Casa de las Estatuas, de color oscuro tirando a azul, y que ahora el doctor veía por primera vez. La casa hacía honor a su nombre, y producía una impresión extraña e inquietante.
Toda la planta superior estaba adornada por cariátides mitológicas, figuras de mujer de una estatura una vez y media mayores que el natural. Entre dos ráfagas de viento que le ocultaron la fachada, por un instante el doctor tuvo la impresión de que toda la población femenina de la casa había salido al balcón y, apoyadas en la baranda, lo miraban a él y a la calle Kupécheskaya, que se extendía hacia abajo.
La casa de Antípova tenía dos entradas: la principal, en la calle, y la que daba al patio, en el callejón. Desconociendo la existencia de la primera, Yuri Andréyevich tomó la segunda.
Cuando entró desde el callejón en el patio, el viento levantó hacia el cielo tierra e inmundicia de todo el patio, ocultándolo a los ojos del doctor. Tras aquel negro telón, por entre sus piernas, se lanzaron cloqueando unas gallinas, que buscaban refugio del gallo que les iba a la zaga.
Cuando la nube de polvo se hubo disipado, el doctor vio a Antípova al lado del pozo. El torbellino la había sorprendido con dos cubos llenos de agua y la barra sobre el hombro izquierdo. Se había anudado a toda prisa un pañuelo en la cabeza, para proteger sus cabellos del polvo, con un nudo sobre la frente, como una campesina, y apretaba entre las rodillas el dobladillo del vestido hinchado por el viento para que no se le levantase. Se estaba dirigiendo hacia casa con el agua, pero se detuvo, retenida por una nueva ráfaga de viento que le arrebató el pañuelo de la cabeza, le zarandeó los cabellos y arrastró el pañuelo hacia el rincón de la empalizada, donde las gallinas aún cacareaban.
Yuri Andréyevich corrió tras el pañuelo, lo recogió, se acercó al pozo y se lo entregó a la aturdida Antípova. Siempre fiel a su naturalidad, no soltó ninguna exclamación que traicionase su asombro. Se limitó a decir:
-¡Zhivago!
[...]

miércoles, 1 de octubre de 2014

De profundis clamo ad Te, Domine.

Biblia
Conjunto de Salmos atribuidos al rey David.
Salmos, libro V, Salmo 130.

Es un salmo que la iglesia lo usa en la liturgia de los difuntos. Es también uno de los salmos penitenciales. He decidido escribir sobre este poema no porque me haya marcado especialmente, sino porque gracias a él he logrado comprender el título del libro de Oscar Wilde que narra su penosa estancia en la cárcel (De profundis) y en el que también narra el calvario que vivió incluso antes de pisarla y también una frase de El sexto sentido: "De profundis clamo ad Te, Domine", que se emplea en una parte del largometraje en que el personaje que la enuncia, refugiado en una iglesia, confiesa vivir aterrado cada día; su interlocutor le habla también de los tiempos oscuros de la Europa medieval, tiempos en los que miles de personas eran injustamente perseguidas y tenían la esperanza de acogerse a sagrado.

De Profundis (130 [129])

Canción de las subidas.

Desde lo más profundo
clamo a ti, Señor,
Señor, escucha mi clamor,
estén tus oídos atentos al grito de mi súplica.
Si tienes en cuenta nuestros delitos,
¿quién podrá resistir, Señor?
Pero en ti encontramos el perdón,
por eso eres temido.
Yo espero con toda el alma en el Señor,
confío en su palabra;
estoy pendiente del Señor
más que de los centinelas de la aurora.
Israel está pendiente del Señor
más que de los centinelas de la aurora;
porque en el Señor está el amor
y la liberación total:
él redimirá a Israel
de todos sus delitos.















jueves, 10 de julio de 2014

Si la envidia fuera tiña.

El resplandor.
Stephen King.
Tercera parte: el avispero - En lo alto del tejado.

Éste es un fragmento de El Resplandor que, por cierto, no aparece en la película. Es un libro en el que el autor profundiza tanto en la vida de todos sus personajes, como si fueran reales y tuviesen toda una vida tras de sí de verdad, que es imposible hacer de ello una película de menos de tres horas.
Jack está tratando de quitar un avispero del tejado del hotel en el que vive con su mujer y su hijo mientras el recuerdo de un episodio de su vida como profesor de Lengua le invade la memoria, ésas parcelas de sus días en las que la ira lo dominaba y perdía el control de sí mismo.



Después pensó en George Hatfield.
Alto y rubio, George había sido un muchacho de una belleza casi insolente. Con sus ajustados tejanos descoloridos y la camiseta de Stovington arremangada descuidadamente por encima de los codos, dejando ver los antebrazos bronceados, había traído a la mente de Jack el recuerdo de un Robert Redford joven, y estaba seguro de que a George no le costaba mucho marcar tantos, como diez años atrás no le había costado al joven jugador de rugby que se llamaba Jack Torrance. Podía afirmar con toda sinceridad que no se había sentido celoso de George, ni envidioso de su porte; es más, casi inconscientemente había empezado a verlo como la personificación del héroe de su obra, Gary Benson […].
En el aula podía ser una figura tranquila que pasaba inadvertida, pero cuando se le aplicaba la serie adecuada de estímulos competitivos [...] podía convertirse en una ciega fuerza arrolladora.
En enero, George y una docena más se habían presentado a las pruebas para integrar el grupo de controversia […], pero a fines de marzo Jack lo separó del equipo.
Los debates entre diversos grupos de fines del invierno habían despertado el espíritu de competencia de George, que se preparaba a fondo para las controversias ordenando sus argumentos en pro o en contra de lo que fuera. Poco importaba que el tema fuera la legalización de la marihuana, la restauración de la pena de muerte o la actitud de los países productores de petróleo. George entraba en la discusión con excesivo apasionamiento para que, con toda sinceridad, le importara el punto de vista que defendía, rasgo éste poco frecuente y valioso, incluso en controversistas de experiencia, como bien sabía Jack. El alma de un auténtico aventurero no difería mucho de la de un auténtico discutidor; a los dos les interesaba apasionadamente el juego como tal. Hasta ahí, todo iba bien. Pero George Hatfield tartamudeaba. 
[…] 
Cuando George se metía apasionadamente en una controversia, le aparecía el tartamudeo. Cuanto más ansioso se ponía, peor iba la cosa. Y cuando tenía la sensación de estar a punto de demoler a su oponente, parecía que se interpusiera una especie de fiebre intelectual entre los centros del habla y la boca, que lo dejaba helado hasta el toque de campana. Resultaba penoso observarlo.
—E-e-entonces pienso que ha-ha-hay que decir que en el ca-ca-ca-caso que cita el señor Dor-dor-dorsky pierden vi-vi-vi-gencia ante las com-com-comcomprobaciones efectuadas en-en-en...
Sonaba la chicharra y George giraba sobre sí mismo para mirar furiosamente a Jack, sentado junto a ella. En esos momentos la cara se le ponía roja y con una mano arrugaba espasmódicamente las notas que había preparado.
Jack había insistido en conservar a George en el grupo mucho después de haber dado de baja a otros alumnos incapaces, con la esperanza de que George reaccionara. Recordaba una tarde, a última hora, más o menos una semana antes de que se decidiera, de mala gana, a darle el golpe de gracia. George se había quedado después que los otros se fueron, para enfrentarse coléricamente con Jack.
—U-u-usted adelantó el cronómetro.
Jack levantó la cabeza de los papeles que estaba guardando en su cartera.
—George, ¿de qué estás hablando?
—Yo no lle-lle-llegué a tener los cinco mi-mi-minutos. Usted lo adelantó. Yo estaba mirando el re-re-reloj.
—Es posible que la hora del reloj y la del cronómetro sean un poco diferentes, George, pero yo no lo toqué para nada. Palabra de boy scout.
—¡Sí que lo hi-hi-hizo!
La actitud beligerante, propia de quien defiende sus derechos, de George, había encendido la chispa del enojo del propio Jack. Hacía dos meses —dos demasiado largos meses— que estaba en seco, y se sentía hecho pedazos. Hizo un último esfuerzo por dominarse.
—Te aseguro que no, George. Es tu tartamudeo. ¿No tienes idea de qué es lo que lo provoca? En clase no te sucede.
—¡Yo no-no-no tartamu-mum-mudeo!
—Baja la voz.
—¡U-u-usted quiere e-e-e-echarme! ¡No quie-quiere que yo es-es-esté en su maldito g-g-grupo!
—Baja la voz te he dicho. Hablemos sensatamente de esto.
—¡A-a-a a la mierda con e-e-eso!
—George, si puedes dominar tu tartamudeo, yo estaré encantado de que sigas con nosotros. Vienes bien preparado para todas las prácticas y eres rápido para las réplicas, lo que quiere decir que no es fácil que te tomen por sorpresa. Pero todo eso no significa mucho si no puedes dominar ese...
—¡Yo nu-nu-nunca tartamudeo! —la voz era un grito—. ¡Es u-u-usted! Si fuera o-o-o-otro el que dirige el grupo de-de-de discusión, yo podría...
El enojo de Jack subió una línea más.
—George, si no puedes dominar eso jamás serás un buen abogado, en la especialidad que sea. El derecho no es como el rugby. Con dos horas de práctica por noche no lo arreglarás. ¿Es que piensas encabezar una reunión de directorio diciendo: «Pues bi-bi-bien ca-ca-caballeros, ahora va vamos...»?
De pronto se ruborizó, no de cólera: de vergüenza ante su propia crueldad. No era un hombre el que estaba frente a él; era un chico de diecisiete años que enfrentaba el primer fracaso importante de su vida y tal vez, de la única manera que podía, estaba pidiéndole que lo ayudara a encontrar una manera de superarlo.
Con una última mirada de furia, George volvió a enfrentarlo; los labios le temblaban y se le fruncían en el esfuerzo por pronunciar las palabras:
—¡U-u-u-usted lo adelantó! U-u-usted me o-o-odia porque sa-sa-be... ssabe...
Con un grito inarticulado, George huyó del aula, cerrando la puerta con un golpe tal que el vidrio armado se estremeció en el marco. Jack se quedó inmóvil, sintiendo, más que oyendo, los ecos de los elegantes mocasines de Gucci por los pasillos vacíos. Presa todavía de su cólera y de la vergüenza de haberse burlado del tartamudeo de George, lo primero que sintió fue una especie de euforia enfermiza: por primera vez en su vida, George Hatfield había querido algo que no podía conseguir. Por primera vez, andaba mal algo que no se podía arreglar con todo el dinero de su padre. A los centros del habla no se les puede sobornar. [...] Después, la euforia fue simplemente ahogada por la vergüenza y se sintió como se había sentido después de romperle el brazo a Danny. Dios santo, yo no soy un hijo de puta. Por favor.
Esa alegría enfermiza ante la derrota de George era más típica de Denker, el personaje de la obra, que de Jack Torrance, el autor.
Usted me odia porque sabe...
¿Qué era lo que sabía? ¿Qué podía ser lo que él supiera de George Hatfield y que le llevara a odiarlo? ¿Que tenía todo su futuro por delante? ¿Que se parecía un poquito a Robert Redford y que todas las conversaciones entre las chicas se detenían cuando él hacía un doble salto mortal hacia atrás desde el trampolín de la piscina? ¿Que jugaba al rugby y al béisbol con una gracia natural e innata? Eso es ridículo. Totalmente absurdo. Jack no envidiaba nada de George Hatfield. A decir verdad, ese lamentable tartamudeo lo hacía sentirse peor a él que al propio George, porque realmente el chico habría sido un controversista excelente. Y si Jack hubiera adelantado el cronómetro —lo que, desde luego, no había hecho—, habría sido porque tanto él como los demás miembros del grupo se sentían incómodos y angustiados ante el esfuerzo de George, como le sucede a uno cuando un actor se olvida parte de su parlamento. Si hubiera adelantado el cronómetro, habría sido simplemente para... para abreviar el sufrimiento de George. Pero no lo había adelantado; de eso estaba seguro. 
Una semana más tarde lo separó del grupo, y esa vez con absoluto dominio de sí. Los gritos, las amenazas, corrieron por cuenta de George. Una semana después de eso, Jack fue al aparcamiento, durante la hora de práctica, en busca de una pila de libros que se había dejado en el maletero del Volkswagen, y se encontró con George, con una rodilla apoyada en el suelo, el largo pelo rubio cubriéndole la cara, un cuchillo de caza en una mano, haciendo tiras el neumático delantero del Volkswagen. Los dos neumáticos de atrás ya estaban cortados y el cochecito se apoyaba tristemente sobre ellos, como un perrito cansado. Jack vio todo rojo, y era muy poco lo que recordaba de lo que siguió.
Recordaba un ronco gruñido que, aparentemente, había salido de su propia garganta: «Está bien, George. Si lo que quieres es eso, entonces ven aquí a tomar tu medicina.»
Recordaba que George había levantado los ojos, sorprendido y asustado. «Señor Torrance...», había dicho, como si quisiera explicar que todo no era más que un error, que cuando él llegó los neumáticos ya estaban desinflados y que lo único que él hacía era limpiar el polvo de las tiras con la punta de su cuchillo de caza, que llevaba encima casualmente y que... Jack se le había ido encima con los puños levantados, y sonriendo, le parecía. Pero de eso no estaba seguro. Lo último que recordaba era a George, levantando el cuchillo mientras le decía: «Será mejor que no se acerque más...»
Y después, recordaba a la señorita Strong, la maestra de francés, que le sujetó los brazos, gritando:
—¡Basta, Jack! ¡Basta, que va usted a matarlo!
Jack miró en torno de sí, parpadeando estúpidamente. Ahí estaba el cuchillo de caza, brillando inofensivo sobre el asfalto del aparcamiento, a cuatro metros de distancia. [...] Después sus ojos se enfocaron en George, tendido sobre el asfalto, parpadeando aturdido. El grupo de controversia había salido a ver qué pasaba y estaban todos amontonados en la puerta, mirando fijamente a George, que tenía sangre en la cara, de un magullón que no parecía grave. Pero también le salía sangre de un oído, y eso podía significar una conmoción.
Cuando George intentó levantarse, Jack se soltó de las manos de la señorita Strong para ir hacia él. George se encogió.
Jack le apoyó ambas manos en el pecho y lo obligó a tenderse.
—Quédate quieto —le dijo—. No trates de moverte.
Se volvió a la señorita Strong, que los miraba horrorizada a ambos.
—Por favor, vaya a buscar al médico de la escuela —le pidió. La muchacha se dio la vuelta y salió corriendo. Entonces Jack miró a los integrantes del grupo, los miró a los ojos, de nuevo dueño de sí, recuperado el dominio de sí. Y cuando Jack era dueño de sí, no había mejor tipo que él en todo el estado de Vermont. Y ellos lo sabían, seguro.
—Ahora podéis iros a casa —les dijo con calma—. Volveremos a reunimos mañana.
Pero para el fin de semana siguiente, seis del grupo se habían marchado aunque, claro, ya no importaba mucho porque para el fin de semana a él le habían informado que lo echaban de la escuela.
[…] Y él no odiaba a George Hatfield, de eso estaba seguro. No era que él hubiese actuado; habían actuado sobre él.
Usted me odia porque sabe...
Pero él no sabía nada. Nada. Podía jurarlo ante el Trono de Dios Padre Todopoderoso, lo mismo que podía jurar que no había adelantado el cronómetro más de un minuto. Y no por odio, por lástima.
Dos avispas se paseaban, atontadas, por el tejado, junto al agujero del papel alquitranado. Se quedó observándolas hasta que extendieron las alas, tan sorprendentemente eficientes pese a ser un absurdo aerodinámico, y se perdieron en el sol de octubre, tal vez en busca de alguien más a quien picar. Dios había decidido que era bueno darles aguijones y sobre alguien tenían que usarlos, pensó Jack.
¿Cuánto tiempo había estado ahí sentado, mirando ese agujero que ocultaba una desagradable sorpresa, atizando antiguas brasas? Miró su reloj. Casi media hora.